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Faro Hofoi en Reykjavik
Universo Wes
Reflexiones desde la ventana

Universo Wes

Beatriz Cabrera Portillo

Viernes, 15 de septiembre 2023, 09:55

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Siempre he soñado con vivir en el universo del esteta Wes Anderson. Sus películas son un verdadero ejemplo de orfebrería fílmica, una ensalada de colores pastel minuciosa y escrupulosamente seleccionados; cada escena de sus cintas es un despliegue perfecto de alquimia cromática muy variopinta que resulta en la marca de la casa: cine andersoniano. El inconfundible estilo de este texano lo hace fácilmente identificable: sus películas parecen estar dotadas de un delicado filtro muy idiosincrático propio del cine de autor: personajes disparatados repletos de nostalgia (casi siempre el mismo reparto) y settings impregnados de props vintage que reflejan su fetichismo: una máquina de escribir, prismáticos o libros (nunca falta la literatura en sus películas). Tampoco nos podemos olvidar de la inmaculada disposición de objetos perfectamente catalogados e inventariados con su correspondiente etiqueta modo Dymo- labor digna del más versado bibliotecario- o la organización de la historia en actos como aquellas películas mudas del Hollywood de los locos años 20, los primeros planos de los personajes de la trama mirando directamente a la cámara al más puro estilo Woody Allen y con un zoom rápido, el plano subjetivo y cenital así como la cámara lenta, que recuerdan a esos viejos dioramas del colegio. Cada vez que uno visiona una de sus cintas, tiene la sensación de mirar un cuadro de Rockwell o el Nighthawkes de Edward Hopper.

Pero si por algo se caracteriza Wes Anderson es por la presencia de trenes en sus filmes. Es imposible no sentir fascinación por ellos a pesar de que la relación de Extremadura con el tren esté en una latente crisis. Las estaciones de tren, con sus infinitas dársenas, reloj colgante y simétricas vías tienen un halo especial difícilmente superable por otro medio de transporte. Y en ese aspecto, este director tiene innegable maestría con el travelling. Un espacio encapsulado con ventanillas, un oasis desde donde apreciar el concepto del viaje en su más pura esencia: bien desde el asiento, bien desde un coche cama; con un sol radiante o con una lluvia calma con olor a petricor que traspasa el cristal ¿Quién se resiste a pernoctar en un tren y convertirte en los hermanos Marx, Peter, Jack y Francis en Viaje a Darjeeling, M. Gustave H y Sifir en el Hotel Budapest o Hercules Poirot en Muerte en el Orient Express? Viajar en tren es sentir el susurro del cuentacuentos en tu propia pupila.

¿Y qué decir de sus personajes? Es curioso cómo estos parecen reflejar el rico mundo interior del director, ese Wes 'rarito' e inadaptado repleto de inquietudes intelectuales y artísticas desde joven y que parecía no encajar en ninguna parte. En sus obras llevadas a la gran pantalla es común ver a adolescentes participando en un campamento de verano de boy scouts, completamente estereotipados y que no cesan de ser una caricatura del nerd propio de una tribu urbana: chicos pelirrojos con cara moteada por pecas, gorditos y con una especial filia por la ciencia. Lo curioso es que su última obra de arte, Asteroid City, no haya sido el blanco de la purga inquisitoria de la actual cultura woke. Solo hay que recordar el filtro que algunas obras del archiconocido novelista inglés Roald Dahl han sufrido en los últimos tiempos y que son un atentado absoluto contra la libertad de expresión y la creación literaria.

El cine y su repercusión sobre el espectador es innegable. ¿Quién no recuerda la tramoya de Cinema Paradiso o el momento en el que una bella Mélanie Laurent, encarnando el papel de una valiente Shosanna, cambiaba las letras de la marquesina en el cine-teatro 'Le Gamaar' en Malditos Bastardos? Lejos de la pantalla, eso es justo lo que uno siente cuando fisgonea por el Cinema Rif de Tánger. Solo su fachada te retrotrae irremediablemente al Tánger de época colonial cuando España tenía su protectorado allí. Una vez cruzas el umbral de la puerta, comienzas una verdadera noria de emociones gracias a su maravillosa taquilla al más puro estilo escenario del Téâtre Royal de Toone en Bruselas, las puertas rojas con letreros en francés, la cartelera expuesta en pizarras (sin estridencias), el espejo salpicado y oxidado por el paso del tiempo en la librería-café, la tapa de Coca Cola que parece recién sacada de un garage sale o esos pasillos impregnados de fotografías de estrellas del glamuroso celuloide de los 50. Quizá, a ojos de un cinéfago, esta visión del cine está repleta de un romantismo propio de aquellas estrellas del séptimo arte que lucían impecables con sus outfits color crema por ambientes exóticos plagados de un arte bien distinto al de sus países de procedencia, pero lo cierto es que el cine no pasa desapercibido para aquel a quien le guste una buena historia.

Y, como suele suceder, una vez que te colocas las gafas andersonianas, comienzas a ver el mundo con un poco más de color y ya no hay forma de escapar de él, como aquella vez en Islandia donde paseando por la calle Laugavegur (Reykjavic), me veía a mí misma como algunos de los personajes de Life Aquatic y su peculiar gorro de lana rojo, como Suzy Bishop sobre el faro Hofoi frente a los mullidos fiordos o como aquella vez en un tren cremallera en Chamonix, donde eran impagables las nacaradas vistas de perfil desde aquel reptil de metal color rojo. Afortunadamente, cuando el caos y ruido del exterior nos sublevan, el cine siempre nos concede una pausa: ese el sitio seguro al que volver, nuestro refugio y, aunque Netflix se haya convertido para algunos en la plataforma que conforma uno de los siete pecados digitales, la pereza para ser más exactos, el cine para otros tiene una proyección más potente: es terapéutico. Así es que, apaga la luz, dale al play y ¡sssssssshhhhhh, que empieza la película!

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