Reflexiones desde la ventana

Un tren digno para Extremadura

LAURA CASADO PORRAS

Recuerdo el 18 de noviembre del 2017 como aquel mágico día de otoño en el cual sentí que el corazón de Extremadura latía con todo el vigor que las circunstancias exigían. Los extremeños llevábamos meses preparándonos para el asalto final; teníamos, esta vez sí, una fe inquebrantable de que el milagro, de una vez por todas, se iba a producir. En todas partes se hablaba del 18 N y de Extremadura; y nosotros, los humildes extremeños; campesinos y soñadores, comprendimos cual amados somos en toda España; entendimos que no estábamos solos, que cuando el pueblo está unido y tiene bien delimitado sus derechos, bien perfiladas sus áreas de intervención, entonces se vuelve poderoso y su voz cobra sentido. Ya lo dice la divina Patti Smith: People have the power. Los extremeños teníamos el poder en nuestra unión, en nuestro latido unísono, y con nuestras ilusiones y esperanzas nos fuimos todos y todas, convergiendo en una sola alma, a Madrid, a la capital del Reino, a exigir un tren digno para Extremadura.

Y no era capricho, y sí una imperiosa necesidad tanto medioambiental como de seguridad ciudadana exigir que nuestra tierra prospere con fuerza y coraje en su línea evolutiva; fuimos a exigir nuestros derechos como extremeños; a defender la salud medioambiental de nuestra tierra, corazón verde de España, y a pedir la transformación logística necesaria para solventar la terrible desventaja que nuestra comunidad, y otras como Castilla La Mancha, siguen padeciendo. En esta nuestra era tecnológica e hiperconectada que nos circunscribe como ciudadanos, exigimos no quedarnos retardados con el resto de comunidades y de Europa. Exigimos infratructuras dignas y sostenibles que nos conecten con toda la península y Europa. Extremadura también es europea e internacional, somos una región muy apreciada por nuestro inmenso bagaje cultural, medioambiental, y gastronómico en todo el orbe de la tierra. La deficiente red ferrovial extremeña es un problema que ataña al gobierno central y autonómico, es una cuestión de suma importancia y de primera necesidad ya que aleja el crecimiento, la sostenibilidad y el horizonte evolutivo de nuestra tierra. Pero Extremadura, a falta de conexiones logísticas exteriores e interiores tuvo y tiene ansias de justicia, y por ello fuimos a exigir al gobierno central un igual trato, una igual red ferroviaria que nos comunique de manera segura, sostenible y rápida con todo el país; los extremeños y extremeñas fuimos a pedir dignidad.

El sábado 18 de noviembre amaneció lleno de luz en Madrid. El sol irradiaba toda la fuerza y toda la claridad que los extremeños necesitábamos. Mucho antes de la hora prevista a la llegada de los trenes y autobuses desde distintos puntos de Extremadura, ya un grupo de extremeños esperábamos en la plaza de Oriente impacientes la hora de reunirnos con la marcha. Todo pasó muy rápido; fue muy emocionante, un día de esos que siempre se lleva en el corazón grabado con tinta anímica. Cuando las primeras personas comenzaron a aparecer por la calle de Bailén portando la bandera tricolor extremeña la emoción se hizo carne. La marcha no tenía fin, Extremadura era una, y allí estaba demostrándolo. Allí estábamos porque teníamos que estar, todos a una. Las caras conocidas se entremezclaban con los ciudadanos anónimos, éstos portaban como estandarte toda la emoción y la esperanza en el hoy para el mañana. Conocí historias inolvidables, mujeres de pueblos remotos, de la Extremadura olvidada para algunos, que habían viajado por primera vez en su vida a la capital, mujeres de otra época, que más que nadie han sufrido la desconexión territorial; estudiantes que tardaban más en llegar a casa desde Madrid que a Paris; empresarios y empresarias que sabían y que saben que sus negocios crecerán cuando la logística extremeña esté a la altura; numerosos casos, algunos muy curiosos, todos ellos convergían allí en la plaza de España, aquel 18 de noviembre de 2017, soleado y transparente. Extremadura olía a unión y a verdad; las rosas esculpían formas claras de esperanzas y los lirios disfrazaban el olvido con el olor trémulo de la vida.

Todo comenzó con el auge del petróleo y la aparición del primer vehículo con combustión interna, era el loco siglo XIX, perturbador y extremo como él solo. El vehículo privado adquirió, gracias a las medidas estratégicas de algunos gurús de las finanzas, una gran ventaja frente al transporte público; y mientras nos acomodábamos a la independencia personal de movernos sin limitación de horarios, aumentaba de manera exponencial la dependencia al diamante líquido mermando, de manera significativa, la calidad del aire y del bienestar natural. Mientras ganábamos velocidad, nuestras raíces se volvían tóxicas y los ecosistemas sufrían perturbaciones sin retorno. Las poblaciones que se dedican a la explotación petrolera, como por ejemplo, las poblaciones rurales de la Amazonia, sufren por parte de los gobiernos y de las compañías petrolíferas un desinterés extremo y superfluo, y, padecen, también, patologías serveras derivadas de los altos índices de toxicidad provenientes del petróleo. El impacto ambiental es, igualmente, desbastador y terrorífico. Cuando el interés político desatiende la justicia social y medioambiental ¿qué nos queda?, cuando dejan de lado al pueblo y a la naturaleza ¿qué misión les guía?, ¿cuál es su única necesidad política?, y ¿cuál su escala de valores? ¿Quién nos está protegiendo?, ¿quién nos defiende?

En la plaza de España no había espacio más que para la esperanza y para la buena voluntad de aquellas personas que fueron a nacer o a vivir, quizá por gracia divina, en el verde e inmortal campo extremeño. Extremadura, aquel sábado milagroso, estaba hermanada consigo misma, preñada de sus delirios de igualdad, y España, toda ella, contemplaba nuestro canto eurítmico y se unía a él. Así lo sentimos. Cantamos nuestro himno, soltamos nuestras sentencias al unísono: Un tren digo para Extremadura. Celebramos nuestra tierra y exigimos que el olvido intencionado no tenga más razón de ser; somos región humilde, de grandes hazañas, de bellos y nostálgicos espíritus. «Extremadura, la romántica» como nos describió nuestra amada María Zambrano, «ella es quizá entre todas las regiones, la poesía». Porque los extremeños son dados, nos dice la Zambrano, a expresarse «con acciones de hombre virginal de Adán dispuesto a descubrir el mundo y a poblarlo, allá tras los mares que nunca vio, donde esté, que pasó el mar por atracción hacia tierra virgen y redonda. Extremadura es el país del silencio…», pero Extremadura, querida María, también sabe alzar la voz para defender al silencio del olvido. Volvimos a casa con la sensación de haber hecho lo que debía de hacerse, lo que nos correspondía, pero sabiendo que la partida no estaba ganada; el pueblo unido, sí; mas el tren era una utopía de largo recorrido.

Cuatro años después, la idea de un transporte sostenible y seguro sigue siendo un sueño quimérico, pero aún hoy nos resistimos a estar de brazos cruzados y a no luchar por nuestra tierra. Ahora ya no nos dejamos deslumbrar por esas caras políticas que nos daban palmadas en las espaldas y que con sus huecas palabras profanaron el sentimiento extremeño. Ahora, tenemos la experiencia del fracaso, y la aguda necesidad de salvar el destino de nuestra tierra, de nuestra naturaleza. Extremadura es verde; verde como la esperanza, y como la tierra virginal que alimenta a nuestros hermanos y hermanas; blanca, como la libertad y la pureza de nuestras raíces, de nuestros sueños; y negra, como el olvido, como la memoria de todas aquellas personas que se fueron a buscar un futuro mejor para los suyos porque Extremadura no pudo permitirse crecer como sí lo hicieron otras comunidades autónomas, fue condenada a su propia suerte, a dejar entrar al fantasma de la España vaciada. Si queremos que la historia no siga repitiéndose de forma inercial, si queremos que Extremadura sea la que está llamada a ser, el primer paso comienza con un tren digno ¡ya!, y sostenible, porque Extremadura es naturaleza; y la naturaleza es la expresión verdadera de la vida.