Beatriz cabrera portillo

Reflexiones desde la ventana

Tiempos modernos, tontos contemporáneos

BEATRIZ CABRERA PORTILLO

Y el viejo adivino Tiresias ya lo advirtió: «Vivirás muchos años siempre y cuando no te veas a ti mismo…» Pero Narciso, movido por su inmensurable arrogancia, encontró su propia muerte tras recibir la maldición de la diosa Némesis, quien sabia en su desprecio a la bella ninfa Eco, maldijo a este haciendo que se enamorase de su propio reflejo en la críptica y numinosa laguna Estigia, donde murió ahogado. Ese es el mito, aunque, como diría el novelista pucelano Delibes, su sombra es más alargada que la de un ciprés, pues hoy todavía sigue su estela en prados húmedos, desprendiendo su embriagadora esencia y mirándose a sí mismo. Eso sí, solo.

Todos los narcisos comparten ciertas peculiaridades: cuentan con hordas de gente que les alaba y también presentan una incapacidad innata para amar (el hijo de Cefiso y Liríope fue un verdadero pionero en eso de la obsolescencia programada en las relaciones interpersonales y el imperante cortoplacismo). Paradójicamente, la ineptitud de estos para amar a otros se vuelve en su contra, pues al ponerlos frente al espejo, no les suele gustar lo que ven, a pesar de su aparente amor propio. Tienen un superego, como bien apuntaba el polémico Antonio Escohotado, algo atrofiado y es por ello que necesitan de la perpetua búsqueda de validación de una infantería de palmeros a base de likes o comentarios superficiales con un alarde de brillantez intelectual solo al alcance de casposos. Se definen por una autocomplacencia voyerista y viven en un perenne monólogo de narcisismo rampante que choca frontalmente con ese superego flojo. Un oxímoron en toda regla. Curiosamente, mientras unos practican el autosabotaje y viven como pernos anclados al síndrome del impostor; otros creen merecer todo por derecho divino. Hay narcisillos de todo tipo: en política, suelen coger aviones privados y hacerse fotos en mitad de catástrofes medioambientales, en redes sociales a los narcisillos les gusta posar al lado de puertas luciendo inexpresivas sonrisas hieráticas y posturas imposibles a la vez que gozan de erigirse como popes del modernismo de pueblo, en TV los pequeños narcisos rellenan minutos estériles de sublime incultura, y luego están aquellos narcisos 'cuñaos' a los que les resulta hasta hedónico escucharse aunque sea simplemente para 'galimatear' un poco. ¡Qué vida esta! Hay narcisos hasta debajo de las piedras; quizá aquella oréade, que solía frecuentar las tripas de las cuevas, tenga algo que ver…

De lo que no hay duda es que vivimos en la era de la imagen: todo entra por la vista a modo de titular click-bait, donde nada es lo que parece: todo es…Ta-ta-ta-chán: postureo. En la presentación de su libro Emocionarte en pleno pulmón de la ciudad cacereña, Cánovas, Carlos del Amor apuntaba cómo las redes sociales se han convertido en ese escaparate donde cada tendero vende su mejor cara porque ¿quién va a decir a las claras que ha tenido un día jodido o que su vida no está repleta de fiestas, viajes y cenas en restaurantes caros como la de los demás? Porque eso sí, es humana esa tendencia a la comparación y responder a un orden canónico, lo cual nos hace profundamente infelices. Por el contrario, la otredad está intensamente castigada por aquellos Procustos que te exigen encajar en el molde ordinario, porque de otro modo, como en el mito, serás víctima de la castración intelectual por el mero hecho de destacar. Y es ahí donde entran en juego conceptos como la happycracia o la vigorexia e hipocondria emocional: hay que ser feliz por imperativo legal, sin que nazca en ti de forma intrínseca esa fuerza natural tendente a la positividad, lejos de ostentaciones donde el verdadero main drive sea el postureo social y no el llenar el depósito de tu propia felicidad. Y eso lo saben bien algunas brandnames que aprovechan el tirón con frases manidas de psicología positiva repletas de contradicciones semánticas que buscan aliviar el espíritu de almas atormentadas, especialmente de aquellos que no predican con el ejemplo.

Y llegados a este punto, se me viene a la cabeza el humanista portugués José Saramago quien se descolgó con una frase que resume las líneas que arriba escribo: «El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son realidad».