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Laura Casado
Soliloquio en las tierras de Clío
Reflexiones desde la ventana

Soliloquio en las tierras de Clío

Laura Casado Porras

Lunes, 25 de marzo 2024, 08:46

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Por más que lo intento, no consigo derribar la explotación sobre la libertad de la humanidad. Cierro de forma abrupta las páginas del libro, la historia continúa ambulando en vertiginosos círculos. Ella sigue allí, mirándome impertérrita. Clío se ha acostumbrado a beber del manantial de acero del que brotan sus lágrimas. El ocaso es anunciado por la inhumanidad. Las mismas vueltas de antaño, regresivos truenos estallan en el Olimpo. El trampantojo de la felicidad no ha pasado de ser una quimera a saldo. Una misma sangre, semejante codicia; la eterna equivocación. Las banderas son fronteras que derriban los viejos ideales de consanguineidad.

Avanzo hacia ninguna parte. Hay días que demasiado deprisa otros, en cambio, apenas puedo dar un solo paso. Solo quiero detenerme lejos de la incertidumbre del espejo. Detrás del mono hay un lobo ágil y contumaz. Ambos me miran. No entienden el cansancio ocasionado por seguir el desequilibrado rumbo de su existencia.

Clío parpadea versos de añoranza. La historia solo la hace el hombre. Ningún dios osará atribuirse ninguna hazaña en su nombre. Y menos en el de la humanidad. La industria armamentística es la bandera común de las Naciones Unidas. No hay poder que pueda frenar la ambición del hombre vacío de sí mismo. El hombre sin sentido expira gotas de insurrección contra la humanidad.

La falta de sensibilidad debería ser considerada un delito de sangre.

La guerra es un empresa muy rentable. Un negocio legal que oprime a más de mil millones de personas alrededor del mundo. Los otros siete millones de habitantes del planeta miramos con visión desenfocada. Pronto se acostumbra el ojo a la muerte retrasmitida en directo. Auschwitz fue un mal sueño que no hemos superado. Ahora con el agravio de que somos nosotros, y no ellos, quienes lo estamos permitiendo. En un tiempo no muy lejano, el ser humano perdió la ontología del amor en detrimento de una ecuación matemática: el interés apremia. El gran hermano ha sabido renacer con más vigor y opresión. La cultura de la muerte está echando raíces. A pocos les interesa lo ajeno.

Los ruidos de las balas acaban con la fe. Los ríos transportan sangre mientras el bullicio difumina la flagante cosificación del ser humano. La excesiva digilitación nos muestra la cara sucia del juego: el culto a la juventud y la distopía de la felicidad del momento. Perdidos, queremos seguir teniendo bienes que construyan nuestra autoestima. ¡Como si ésta fuera cosa del tener y no del ser! No hay humanidad que no fluctúe al ritmo de un ecosistema bursátil cadencioso y embustero.

Hay un momento en la historia en el que ya no sirve ningún credo. Y es éste. Habría que reinterpretar viejas nociones palidecidas con el abuso: dios, hombre, liberación, democracia, contracultura y asunción, por ejemplo. Necesitamos neologismos para derrocar conceptos manoseados que han perdido su razón de ser. También, habría que introducir nuevas variables a la ecuación física pienso mientras observo el cimbrear nostálgico de las estrellas. Hemos perdido la claridad de visión del hombre asilvestrado. La cultura alienada tose constreñida en un baúl de realidades artificiales. No me fío de nadie que esté seguro de su única mirada.

¿Qué valor tiene la verdad en la vida de cualquier persona? ¿Y en la del universo o en la de la ciencia? No todas las variables son cuantificables. Por eso nuestra sociedad de bienes superfluos es el Agnus Dei que debemos sacrificar, por no hallarse en ella ninguna hebra cualitativa que ponga el énfasis en la pura simbiosis con los seres humanos.

A Clío le cuesta exhalar su propia conciencia.

Sigo pensando cómo alcanzar el éxtasis. Me evado. Voy muy lejos intentando alcanzar el nirvana. Tan lejos como el ahora. El pasado es una trampa mortal, la memoria histórica permanece a las órdenes de la mano que mece la cuna. La intrahistoria se derrite en las editoriales reaccionarias. ¡Qué vamos a hacer si mordimos la manzana de la estrategia divisional de sentimientos mal coloreados! La humanidad es imperecedera en diversidad sentimental. A Dios gracia.

Y a Spinoza.

De nuevo abro el libro, la voz del ayer quiere contarme otra vez los mismos relatos. No quiere que pierda ninguna piedra en el amanecer. Empuja con fuerza su voz contra mi emoción. Yo no quiero oír los mismos lamentos, ni oler más sangre. Ella intenta sujetarme con fuerza, cree que aún quedan lecciones por aprender. ¡Me empiezan a dar igual todas las lecciones! Prefiero pasar la tarde jugando con un átomo de hidrógeno. Pero Clío no me deja. Insiste. No se va a dar por vencida.

No lo veré. No estaré allí. Pero sí formaré parte de algo que una vez fue.

Me importa un bledo, pienso para mis adentros al reinterpretar la situación. Ya es demasiado tarde. He cambiado mis viejas utopías por una honrada madurez. Mi incredulidad se debe a que ya he aprendido de sus estrategias. No quiero abrir más el lamento de la humanidad.

Mientras el abismo sigue tejiendo en la rueda del Dhama, me invaden preguntas que desestabilizan a la incertidumbre: ¿en qué caja se guardan las cenizas de las vidas que la pólvora destruye en Ucrania, Gaza, o en Nigeria? ¿Quién es capaz de acabar con los elefantes para engalanar vanidades? ¿Quiénes permiten qué el dinero sea el único requisito para poder llegar a ser presidente? Las preguntas no cesan de mostrarme la compungida realidad. Se aquietan las palabras para que entre en la escena un atormentado silencio.

Bebo agua. Consigo calmarme, a pesar de que no dejo de pensar por qué la sangre ahora ha transformado la bandera. Nuevas víctimas en una escenografía fresca. La ficción es un cuento de hadas. Y la realidad es una leyenda maldita. Mientras el horror persiste el mundo de las apariencias se ha transformado en una parque temático. Sonría, disimule sus tergiversaciones emocionales; si quiere arte vaya usted a Cádiz, si quiere sentir el soplo de la consciencia incluya en su agenda una visita a Mauthausen. Si cree en el amor vaya a las Vegas, que después del primer tirón el corazón muere con las costumbres. Si quiere verdad, acuda a la biblioteca. Si quiere paz, aquietase. No anhele el vacío ni ambicione los espejismos de la aurora de Nueva York.

Todos nos reflejamos en la misma incredibilidad.

A ella, la musa de la historia, se le agotan los argumentos. Intenta hacerme cambiar de opinión entregándome algo de afecto. Miro a las musarañas, me huele a salitre. Imagino que estoy en el cabo de Santa María. Como siempre. Creyendo ahuyentar al devenir. Nunca se agotan las posibilidades. Es lo que pretende decirme. Siempre hay cabida para comenzar un principio que nos posibilite edificar un mundo nuevo; una nueva humanidad, una nueva sociedad.

Debemos construir nuestra alegría. Será nuestra mayor obra.

A veces, me dan igual todas las posibilidades. Conozco la condición humana, la «religión industrial» y la descentralización del ser. La conveniencia del más fuerte y sus lavados de cerebro me abruman. La ignorancia es un negocio rentable. Matar no siempre está perseguido por la ley.

Clío sabe que he empezado a interactuar, aunque sea debido a mi recia irritación. No tira la toalla. Confía en mi ética (esa palabra maldita en según qué círculos; esa palabra anunciadora y libertadora). En realidad, nunca ha dejado de hacerlo. Se acerca, sigilosa, para entregarme una afable sonrisa. Mide los tiempos. Comienza a hablarme de los sucesos pasados, del tiempo cíclico, de la batalla de Lyndanisse, de la magnitud de Sirio y de la egolatría individual. La miro sin cautela a los ojos mientras pienso en el trágico destino de los marginados: aquellas personas de ayer y de hoy excelsas; Sócrates, Hypatia, Jesús, Miguel Servet, García Lorca, Mahsa Amini, Navalny…

Platón dijo que la obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo.

Me voy, comienzo a tomar distancia, mientras por mis pensamientos aparece Julian Assange. Me repito aquel verso platónico para grabarlo en mi corazón, la obra maestra de la injusticia es parecer… Me despido de ella mientras una ligera melodía ordena mis sonidos, Clío no alcanza a descifrarla por mi lejanía, me pide que entone más fuerte y alto, quiere escuchar el sentimiento que me envuelve, la hago caso, por última vez… por última vez: «Te recuerdo Amanda, la calle mojada…».

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