laura casado porras
I
Me la imagino temblorosa mientras coge el telĆ©fono, entre copiosas lĆ”grimas baƱadas en incertidumbre. Hoy ha encontrado el arrojo necesario para expresar su infierno, su podrido calvario. Marca el CERO, mientras su corazón acelerado late cada vez mĆ”s fuerte, al pulso del horror. Ana estĆ” demasiado asustada. Es posible que esta Ćŗltima espina haga rebosar de cicatrices a su maltrecho cuerpo. El dolor y la melancolĆa se camuflan entre tenebrosas esperanzas. Las lĆ”grimas caen ahora mĆ”s despacio, a un ritmo colmado de lentitud, no quiere ser descubierta. No, no quiere un final trĆ”gico. Ella, su vida, sus hijos no lo merecen. Ana quiere un principio, Ā”el mejor de los principios! Porque el de ahora, este Ćŗltimo renglón, es el peor de los finales, o casi el peor. Huye. Por eso agarra con fuerza el telĆ©fono, huye del infausto final que, durante aƱos, ha visto acercarse, incluso llamarla a gritos. No, no lo merece. Nadie lo merece.
ĀæY maƱana quĆ©? Se pregunta impertĆ©rrita. Con los ojos resquebrajados de tanto llorar y el alma rota en jirones endebles. La imagino pensando: ĀæAdónde ir? ĀæDónde podrĆ© encontrar estabilidad, seguridad financiera y vital, equilibrio psicológico? ĀæDónde estarĆ© a salvo con mis hijos de la muerte? ĀæMe serĆ” posible salir adelante? Ana siente su soledad como una fĆ©rrea condena. Las respuestas se bifurcan en una guerra dialĆ©ctica. SĆ, todo saldrĆ” bien. No, estoy sola en medio de un mundo utilitarista y podrido de interĆ©s. De los ojos de Ana comienzan a brotar frĆas gotas cristalinas, rociando su aĆŗn joven cuerpo de pureza. Mientras llora se le olvida el dolor del brazo, el dolor del costado, el dolor que lleva aƱos acrecentando la angustia que supura cualquier Ć”tomo de felicidad.
Hay un silencio aterrador en la escena. Todos, menos Ana, duermen. Todos huyen del vĆ©rtigo, de la aciaga verdad. Los niƱos, cansados de llorar, han sido vencidos por el sueƱo, duermen liberados de la realidad. El maltratador, el padre maldito, el esposo amargo, ebrio de fracaso y de cobardĆa, yace, en la cama, cavando su propio hoyo, su propio sino y el de toda la familia. Si es que se puede llamar familia al terror. Ana marca el UNO. Con el pulso firme y con la respiración suavemente contenida. Le vienen imĆ”genes turbias, y la incertidumbre regresa a su quebrantada mente. Golpes; facturas; comida; frĆo; mĆ©dicos; servicios sociales; abogados; jueces. Ana comienza a llorar como si fuera una flor partida en dos. Recuerda que lleva toda la vida trabajando para no tener nada. Nada. Toda la vida sufriendo para llevar un trozo de comida a casa. Trabajos basuras de horas ilimitadas, pagadas con el precio de la humillación. Sus manos acendradas estĆ”n cansadas, sus piernas llevan aƱos flaqueando y sobreviviendo al desconsuelo de la vida; aguantando la vejación fĆsica y psĆquica, en casa y en el trabajo. Ana vale mucho, pero nunca se lo dijeron, tan solo la exigieron cada dĆa un poco mĆ”s, a cambio de un poco menos. Ana sabe que no solo de pan vive el hombre pero, ahĆ afuera, nadie parece darse cuenta. En la jungla darwiniana, el mĆ”s dĆ©bil económicamente estĆ” condenado al servilismo, a salir del marco de la ley y a sufrir las vejaciones de los mĆ”s necios. El pobre solo tiene dinero y carece de cualquier tipo de escrĆŗpulo. AhĆ afuera, las torres son levantadas con valores invertidos, y el hedor de los miserables lleva siglos asfixiando a los vencidos.
Las personas mĆ”s vulnerables son las mujeres y las criaturas inocentes, Ć©stas Ćŗltimas poco saben de la maldad del mundo al cual han sido arrojados. Ana lo sabe. Y maldice su vida, digna de las tinieblas retratadas por Goya. El sueƱo de la razón produce monstruos. ĀæQuĆ© razón hay en condenar a las mujeres a vivir bajo el cĆrculo del falocentrismo? En su herencia biológica anidan siglos de opresión androcĆ©ntrica. En sus lĆ”grimas silenciosas hay un hilo de sangre que se ha transformado, con el tiempo, en una verdad muerta que grita. Ana intenta huir del escepticismo, sobrevivir en el ahora, subsistir del aliento de la fe en el maƱana. Pero la cruda realidad la envuelve y le golpea con la misma dureza de una piedra de acero. Solo recuerda las duras condiciones laborales, las horas extras no pagadas, la subida de la luz y del telĆ©fono de los Ćŗltimos meses, servicios necesarios para sobrevivir en esta jungla de fuego y barbarie. Piensa que cada dĆa es mĆ”s caro alimentar a los suyos, mientras que su ridĆculo sueldo no aumenta y nunca sobrepasa la primera quincena; se acuerda de los libros del colegio de sus hijos; de las zapatillas que rompen cada dos meses; se acuerda del cortante frĆo de enero. Para sobrevivir, en su mente, Ana dibuja en el vacĆo un abrazo reconfortante, una esperanza vivificante, mientras su ser termina por romperse al recordar lo difĆcil que se ha vuelto la vida, y lo poco que ha sonreĆdo en los Ćŗltimos meses.
Ana, que mira aterrada y circunspecta al horizonte, casi ida, se encuentra con el retrato de sus hijos; su suave fragilidad termina por romperse. Pero cual ave fĆ©nix, al instante, con una fuerza misteriosa, centrĆpeta e inexplicable, marca el SEIS en el telĆ©fono. Mientras sus decadentes lĆ”grimas llegan al Ć©xtasis se oye un emisor con tibia voz, al otro lado del telĆ©fono, diciendo: todo ha terminado ya.
------------------------- TEMBLOR Y REALIDAD ------------------------------
II
Hay una problemĆ”tica social que se encuentra adherida a la violencia contra la mujer. En mi opinión, es uno de los lastres mĆ”s relevantes que las mujeres y la sociedad vienen arrastrando durante siglos. Las causas son multifactoriales, pero evidentes. Tan evidentes que asusta la ausencias de medidas. Hay numerosos tipos de violencia, la fĆsica no es la que mayor daƱo causa. Con seguridad, es el silencio de un sistema que dinamita con feracidad las cualidades intrĆnsecas de la mujer, el que provoca la desazón mĆ”s profunda. La denuncia no es el primer paso, el primer paso es la educación para el amor, para la igualdad y para el respeto hacia todas las personas. Educación para la no violencia psĆquica ni fĆsica.
La tensión con las cual las mujeres nos hemos acostumbrado a vivir es el fruto de la mala gestión social hacia el otro sexo, hacia lo diferente; la renuncia a concedernos ser parte sustancial y orgĆ”nica de un mundo que no se encuentra limitado por ningĆŗn anclaje anacrónico. Ni mucho menos por la superioridad fĆsica ni intelectual de ningĆŗn gĆ©nero.
Mirad al exterior, y seguirĆ©is viendo cuales son los puestos laborales a los que las mujeres tienen acceso, la calidad de Ć©stos, y la retribución económica promedio. Observad como la publicidad sigue embelleciendo estereotipos falaces y artificiales. Seguid observando la industria de la pornografĆa y verĆ©is como las fantasĆas estĆ”n construidas segĆŗn las perversidades masculinas, y como Ć©stas alimentan y prefijan la educación sexual de los mĆ”s jóvenes. Seguid observando como la mujer pasa horas en la cocina o planchando, mientras la sociedad la denigra y la cosifica hasta lĆmites inhumanos. VerĆ©is, aĆŗn, mujeres sin libertad bajo el yugo etnocentrico que aniquila su voz y sus derechos.
La violencia contra la mujer se da en muchas esferas y en muy distintos niveles. Desde los estratos mĆ”s bajos hasta los mĆ”s elevados. Para erradicarla deben reorganizarse las instituciones pĆŗblicas y privadas desde abajo y transversalmente. Deben respetarse los códigos deontológicos, aprobar medidas, subvenciones y leyes que consigan afianzar la protección y seguridad de las mujeres, endurecer las penas de los violentos, y de los asesinos. Porque no nos olvidemos de que estĆ”n siendo asesinadas. Se debe cuidar y proteger a la mujer desde el respeto y la admiración. Fomentar el desarrollo óptimo de la salud mental desde las edades mĆ”s tempranas. Prevenir y proteger a cualquier ciudadano de las sombras que germinan en la sociedad opresora y oprimida contemporĆ”nea, de la tiranĆa del Ćŗnico anillo, y superar la degradación femenina que fomentan los fundamentalismos.
Cualquier mujer que sufre violencia por parte de su pareja, o expareja, necesita demasiadas herramientas y ayudas, emocionales y materiales, para que desde el primer golpe o la primera palabra atemorizante no lo vuelva a permitir. Es necesario que las mujeres crezcan fuertes. Fuertes y libres. Si por el contrario, la civilización en la cual vive le ha inyectado el veneno de la enfermedad social o la precariedad mental (en la que actualmente se encuentra nuestra civilización), las complicaciones de la independencia económica y los numerosos fallos en los dispositivos de seguridad, el miedo, entonces, paralizarÔ cualquier señal de esperanza.
Ante las vĆctimas por violencia de gĆ©nero de esta pasada semana, las del mes pasado, las del aƱo pasado, las de la Ćŗltima dĆ©cada, las de los Ćŗltimos siglos, ante las injurias históricas, ante la ignorancia, ante la violencia ; hija del odio, no podemos mĆ”s que comenzar a hacer bien lo que seguimos haciendo mal, demasiado mal. No podemos ser cómplices de la mala praxis a travĆ©s del silencio, porque hoy mĆ”s que nunca la no acción conlleva perpetuar un silencio de sangre. Ni una menos.
A todas ellas.