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Francisco Mateos Cotrina

En el siglo XVIII, Europa encendió un faro intelectual que transformó la sociedad: la Ilustración. Un movimiento filosófico y científico que introdujo una premisa ... revolucionaria: que la razón, el escepticismo y el método científico eran las herramientas definitivas para emancipar a la humanidad de la superstición y la tiranía. El individuo dejó de ser súbdito de un rey o un dios, para convertirse en ciudadano con derechos inalienables. La humanidad dejó atrás la infancia del Antiguo Régimen, para adentrarse en la madurez de la Ilustración.

El faro de la razón, amenazado

Pero el camino hacia la libertad, la igualdad y la fraternidad nunca estuvo despejado. Desde sus inicios, los poderosos han conspirado contra la Ilustración para mantener sus privilegios.

En el siglo XIX la Santa Alianza intentó restaurar el derecho divino. Poco después, el militarismo, el auge de los nacionalismos y las tensiones imperialistas desembocaron en la Gran Guerra. Años más tarde aparecieron los totalitarismos que desembocaron en el caos de la II Guerra Mundial: el fascismo, el nazismo y el estalinismo aplastaron las incipientes democracias, bajo la premisa de la subordinación total del ciudadano al Estado o al líder.

Una nueva esperanza …

A lo largo de los siglos XIX y XX, el paradigma ilustrado demostró ser un potente motor de progreso y bienestar material. La ciencia aplicada trajo vacunas, electricidad, la revolución agrícola y una explosión de la esperanza de vida. En occidente, tras la Segunda Guerra Mundial, la Ilustración alcanzó su madurez gracias a la consolidación de las democracias liberales, la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la creación de organismos multilaterales como la ONU, la OMS, el Banco Mundial o el FMI, destinados a sustituir el imperio de la fuerza por el imperio de la ley.

… y una amenaza renovada

Finalizada la guerra fría, aparcada (que no superada) la amenaza global de las armas nucleares, con la humanidad bajo la espada de Damocles del cambio climático y a las puertas de una era de automatización e inteligencia artificial, la Ilustración se enfrenta a una amenaza más sofisticada: una corriente que utiliza la ciencia y la tecnología más avanzadas, además de inmensas cantidades de dinero de las mayores empresas del planeta, no para emancipar al ciudadano, sino para dejarlo obsoleto. Para devolverlo a su condición de súbdito.

En los márgenes de Silicon Valley y los foros de la vanguardia digital de principios del siglo XXI, comenzó a fraguarse un movimiento intelectual conocido como Ilustración Oscura (Dark Enlightenment) o Neorreacción (NRx). Teorizado por el programador Curtis Yarvin, sistematizado por el filósofo Nick Land y financiado por millonarios como Peter Thiel (dueño de PayPal, principal accionista de Facebook y financiador de Donald Trump). Esta corriente no busca un retorno nostálgico al pasado del Antiguo Régimen, sino un salto futurista hacia un autoritarismo tecnológico de alta eficiencia. Hacia lo que Yanis Varaoufakis denomina el «tecnofeudalismo».

Para los ideólogos de la Ilustración Oscura, la libertad y la democracia, son incompatibles. La libertad no es un derecho, sino el privilegio de consumir recursos y acumular capital de forma ilimitada. No propugnan una evolución social, sino una involución protegida por algoritmos. Un supuesto progreso basado en la tecnología, en el que los ciudadanos volveremos a ser súbditos. Simples usuarios de un sistema tecnofeudalista.

Los Neorreacionarios, propugnan el desarrollo de sistemas de inteligencia artificial sin freno ni regulación democrática, son partidarios del uso de armas autónomas sin supervisión humana, de la vigilancia masiva mediante sistemas tecnológicos, de la sustitución de los funcionarios públicos por Inteligencia Artificial.

Durante muchos años todas estas distopías ciberpunks, fueron teorías marginales relacionadas con la ciencia ficción que provocaban hilaridad entre los analistas políticos. Ahora que sus principales impulsores son algunos de los más poderosos multimillonarios de Silicon Valley, dichas teorías dejado han de tener gracia para comenzar a infundir temor.

Política ficción y realidad actual

Una reflexión habitual en el campo de la «política ficción», ha sido pensar en cómo hubiera evolucionado la Historia, si líderes tan crueles y deshumanizados como Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot o Pinochet hubieran contado con los actuales sistemas de vigilancia, robótica, armas autónomas sin supervisión humana e inteligencia artificial.

En la actualidad, esas teorías futuristas se han materializado en las monarquías del Golfo Pérsico, o en los gobiernos autoritarios de Rusia, China o Singapur. El mismo régimen en el que Estados Unidos, tradicional faro de la democracia occidental, está en vías de convertirse.

Estos territorios demuestran que es posible alcanzar la modernidad tecnológica, la seguridad pública y el hipercapitalismo sin necesidad de otorgar derechos políticos ni libertades democráticas a sus habitantes, quienes disfrutan de bienestar económico y social a cambio de la sumisión política y social más absoluta.

Nuevos conceptos, viejas promesas

En estos modelos, el individuo deja de ser sujeto político para convertirse en usuario. Se le despolitiza a través del bienestar: vivienda, educación técnica y centros comerciales. El pacto es explícito: la entrega de la libertad individual y la aceptación de la condición de súbdito productivo a cambio de seguridad, orden y prosperidad económica.

En realidad, nada nuevo bajo el sol. Es la misma estrategia de control político y manipulación social descrita por Juvenal en el siglo I d.C. y usada por los emperadores romanos.

El sustrato intelectual de la Ilustración Oscura es la sala de máquinas ideológica detrás del ascenso de la ultraderecha en Occidente. Figuras clave de la política y el capital han utilizado estos conceptos para canalizar el descontento social: La «guerra cultural» contra las élites globales, el desprecio por las instituciones multilaterales, la erosión de la confianza en los procesos electorales, el desprecio por el cambio climático o la fascinación por la figura del líder fuerte que «ejecuta y soluciona» sin las trabas del parlamento.

La ultraderecha ha encontrado en la Ilustración Oscura, la justificación filosófica para su proyecto: un capitalismo hiperindustrial o tecnológico despojado de cualquier atadura moral, democrática o redistributiva. Un proyecto antidemocrático en el que los Estados dejar de tener peso y todos los resortes económicos y sociales son controlados por corporaciones, en el que los ciudadanos quedan totalmente desprotegidos.

La Anestesia Digital

¿Cómo se logra la sumisión de ciudadanos, educados en los valores de la Ilustración y la soberanía? La respuesta está en las pantallas que dominan nuestras vidas: redes sociales, plataformas de entrenamiento y ocio digital basadas en algoritmos optimizados para capturar la atención a través de la estimulación constante de dopamina. Diseñados para que el usuario pase el mayor tiempo posible conectado para alejarlo y aislarlo del debate ciudadano, de la participación social y del pensamiento crítico.

Las herramientas que la Ilustración concibió para la democratización del conocimiento, que desembocaron en el acceso universal a la información a través de internet, se transforman en sistemas de distracción masiva. El caldo de cultivo perfecto para vaciar la democracia de ciudadanos activos y sustituirlos por consumidores pasivos, en un sistema en el que las instituciones democráticas se debilitan y se vuelven disfuncionales.

Es entonces cuando el discurso neorreacionario se presenta como solución: ante el caos y la ineficacia de una sociedad polarizada y apática, entregar la gestión del país a una tecno burocracia autoritaria empieza a ser percibida no como una tiranía, sino como un alivio.

El baluarte

En esta batalla por un futuro de ciudadanos libres y soberanos, hay dos fuerzas que constituyen un baluarte contra la Ilustración Oscura: la Unión Europea y más recientemente el Vaticano.

La Unión Europea, se ha constituido tradicionalmente como un espacio político consagrado al respeto de la dignidad humana, la libertad, la democracia, la libertad y el estado de derecho. Quizás por eso hay tanto interés por desestabilizarla. Primero separando de ella al Reino Unido, luego debilitándola al fortalecer los populismos euroescépticos de ultraderecha de algunos gobiernos europeos. Ahora, al ser obligada por los EE. UU. a renunciar al bienestar de sus ciudadanos, para aumentar el gasto militar.

El Vaticano se ha posicionado recientemente en el mismo bando que la UE, al advertir del peligro de entregar el control de decisiones sociales a empresas tecnológicas, mostrar su preocupación por el uso de algoritmos para calificar a ciudadanos, o sugerir que hay que prohibir urgentemente el uso de armas autónomas, dirigidas por Inteligencia Artificial.

Cuando la distopía deja de ser ficción

El «pan y circo» del Imperio Romano ha mutado en «algoritmos y pantallas», con el mismo objetivo: despolitizar a los ciudadanos para que acepten la sumisión. Los ideólogos de la Ilustración Oscura ya no ocultan sus cartas; consideran la democracia un estorbo y al ciudadano un elemento obsoleto. Tienen los medios y el dinero para conseguir sus objetivos

La paradoja de nuestra era es que las herramientas que internet nos prometió para democratizar el saber se han convertido en los grilletes de una anestesia digital masiva. Nos creímos los creadores del futuro y corremos el riesgo de despertar como siervos de un feudo tecnológico.

Las alarmas llevan décadas sonando en las páginas de la literatura distópica desde 1948. La pregunta ya no es qué nos deparará el futuro, sino si seremos capaces de leer las advertencias del pasado antes que sea demasiado tarde.

Pero esa relación con la literatura es una historia que merece ser contada en el próximo artículo.

Más sobre el tema:

•Los ingenieros del caos (Giuliano da Empoli)

•Contra el futuro (Marta Peirano)

•Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo (Yanis Varoufakis)

•Poder y progreso (Daron Acemoglu y Simon Johnson)

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