laura casado porras
Mea Culpa. Lo sencillo que resulta echar la culpa a los demĆ”s, a los otros, a aquellos que gravitan lejos de mi corazón, lejos de mis intereses. Mi vida es un continuo ensayo y error, lo asumo, lo acepto. El hacerme cargo de mis errores, transforma todo lo que hay de sinceridad en mĆ. Ā”QuĆ© no es poco! AsĆ que, sirva de precedente que aquĆ, entre estas lĆneas de purĆsimas esperanzas, entono el Mea culpa.
Nunca he aprendido mÔs que de todas aquellas veces que he errado. ”Tantas!
Camino traslĆŗcida, por calles quebradas que alumbran a la razón. Afortunadamente. Si no fuera asĆ, la vida estarĆa desprovista de sentido, serĆa como una piedra deslavazada. Siento la perplejidad recorriendo cada cĆ©lula de mi fisiologĆa. Y pienso que no me es posible permanecer en silencio, a pesar de su templada belleza, me es preciso, acorde a mi circunstancia, alzar la voz, una vez mĆ”s, para ser sincera conmigo misma. Calles quebradas, decĆa, y no por casualidad, no creo que nada lo sea. Es posible pasar mil veces por un mismo sitio, y permanecer en la ceguera inercial de siempre. Pero, un dĆa, algo cambia, la visión se amplĆa, nos damos cuenta de que hay algo que no es como deberĆa ser, y la responsabilidad, que eleva su tono, nos llama desesperadamente.
No me es posible comprender el estado que presentan la gran mayorĆa de las calles de nuestro amado pueblo: estĆ”n construidas de remiendos, de guijarros inestables, de socavones irregulares, estĆ”n Ā«apaƱadasĀ» a la maniera tosca. Sin flora, sin vida, sin sentido estĆ©tico. Tal obra de ingenierĆa no se hace en un aƱo, ni en una dĆ©cada. Es posible, quizĆ”s, que un adolescente no se acerque a la gravedad del asunto, pero cuando los aƱos cubren al ciudadano, tal ingenierĆa se convierte en la peor de las trampas, en una proeza que sortear cada dĆa, en una caĆda posible, en un nuevo deterioro fĆsico. Trujillo es mucho mĆ”s que su parte antigua, que sus palacios, su conquista, su Pizarro o su Hernando, mucho mĆ”s que su historia. Trujillo es su gente, y es su bienestar.
Mercedes es mi madre. Pero podĆa ser cualquier madre (cualquier padre o cualquier persona). Camina con bastón desde que un ictus cambió nuestras vidas para siempre, hace ya algunos aƱos. Ella ama su libertad, la cual se ha forjado a base de voluntad, sacrificio y mucho esfuerzo. Y por ello, le gusta andar sola por su pueblo, que es el pueblo de sus padres: CĆ”ndida JimĆ©nez Santa MarĆa y AndrĆ©s Porras. Pero le cuesta mĆ”s de lo que tendrĆa que costarle, y no solo por su estado fĆsico sino por el estado de las calles, que entorpecen el acto cotidiano de andar a cualquiera, pero sobre todos a niƱos y a personas mayores. Ella, se ha caĆdo muchas veces, algunas se ha roto el brazo, otras tantas ni nos hemos enterado, porque es dura y fuerte como la verdad y no quiere preocuparnos. A veces, es porque mĆ”s que andar quiere volar, otras no: una piedra del parque que no estĆ” en el lugar que debiera, un desnivel insondable, una dejadez congĆ©nita y un silencio que tras el vagar de los aƱos, hoy grita.
Manuela se vale de una silla de ruedas para salir a pasear. Tiene 84 aƱos. Es mi tĆa, mi tĆa Loly, tan querida por todos. Pero podĆa ser cualquier tĆa, cualquier persona que necesite utilizar silla de rueda o se encuentre limitada fĆsicamente. Siempre hace el mismo paseo, de casa al pozo de la carretera de CĆ”ceres. No puede ir a otro lugar porque la situación del pavimento lo impide. No tiene mĆ”s opciones. Un dĆa la llevĆ© a San LĆ”zaro, no pudo entrar en la ermita, se apenó. Cuando llegamos al parque, despuĆ©s de varios sustos, entendimos de que nunca mĆ”s volverĆamos a repetir aquel trayecto, era inviable por peligroso.
Manuela y Mercedes, hermanas de sangre, se ven casi a diario. Esperamos a que tĆa salga de la escuela de la memoria y nos sentamos un rato en el parque. Reyes tambiĆ©n viene a acompaƱar a su madre. Las cuatro sabemos que aquellos momentos son imborrables, Ćŗnicos, y que dentro de unos aƱos, esperemos que muchos, la memoria nos traerĆ” estos dĆas de rosas y alegrĆas llenĆ”ndonos los ojos de lĆ”grimas de nostalgia. Ambas hermanas se quieren mucho, se les nota. Mercedes, mi madre, no para de decir a su hermana lo guapa que estĆ”, -Guapa, guapa-, le dice convencida. Mi tĆa, no para de decirle a su hermana lo tremenda que es y lo bonito que tiene el pelo. Se llevan diecinueve aƱos. Otros dĆas acompaƱamos a mi madre a casa y al pasar por el CPR, 'las escuelinas', nos asombramos por el estado de aquella zona, que es su dĆa era zona de recreo; no hay ni un solo Ć”rbol, ni un solo banco, ni una triste flor, es mĆ”s, falta medio metro de profundidad del pavimento. No encontramos ninguna explicación que pueda ser entendida para describir semejante dejadez o vandalismo. Este estado de aplanamiento paisajĆstico, habitual en muchas zonas de nuestro pueblo, (recordemos, por ejemplo, la pobreza o desastre medioambiental de la avenida de CĆ”ceres) no es cosa de un dĆa, ni de diez aƱos. Es una omisión, mĆ”s que evidente, del bienestar ciudadano y medioambiental.
Hay dĆas que tambiĆ©n vienen a pasear con nosotras tĆa Nieves, y TĆa Pepita Casado. Pasamos grandes momentos de risas y de recuerdos, de nostalgias y de alegrĆas. Apreciamos la gracia del instante, y la agilidad del tiempo que nos recuerda que nada es eterno bajo el sol. Memento mori. TĆa Pepita suele recordarnos lo rĆ”pido que se le ha pasado la vida⦠Tempus Fugit. TĆa Amelia permanece eterna, siempre, en nuestros recuerdos y en nuestros corazones.
El presente es nuestra Ćŗnica certeza, en Ć©l cohabitan tres generaciones: juventud, madurez y senectud se entrelazan. Cada visión vital de estos grupos generacionales afronta la realidad desde ópticas diversas. Solo desde la Ćŗltima etapa, desde el invierno de nuestros dĆas, la visión de la vida, quizĆ”s, cobre el sentido necesario para entender e interpretar el mundo desde una mirada objetiva e integradora, entonces nos serĆ” posible otorgar algĆŗn significado a la senda que hemos rubricado. Cada grupo presta atención a las necesidades acodes a su palpitar jerĆ”rquico, la preocupación fĆsica del adolescente, perdida entre juegos estĆ©ticos, poco tienen que ver con la preocupación fĆsica de la senectud; en donde la vida se torna dolor y batalla fĆsica.
Cuando miramos a los gobiernos centrales de las naciones, solemos reprocharles lo poco, o casi nada, que salen de su acotado cĆrculo para averiguar, de primera fuente, cuĆ”l es el estado real del pueblo, del ciudadano, del trabajador, de sus estudiantes, cuĆ”l es el estado de sus calles, de sus viviendas, etc. Hay dos realidades diametralmente opuestas, el cĆrculo polĆtico no es el mismo que el cĆrculo del ciudadano de a pie. Esta diferencia de grado hace que el polĆtico nunca pueda sentir ni descubrir cuĆ”les son las necesidades reales del hombre, ni cuanta carga emocional, tensión o frustración lleva adherido a su biografĆa. Por ello, las palabras resultan ser el acto supremo de manipulación social. Este modelo de violencia psicológica no estĆ” nada alejado de la violencia fĆsica, denunciamos ambas, y abogamos por un modelo crĆtico de estabilidad social que sea imparcial y proyecte una equitativa sociedad, que no tiene que ver con dar a todos las mismas oportunidades, que tampoco es el caso, y sĆ con dar a cada cual lo que necesite, segĆŗn sea su circunstancia asĆ serĆ”n sus necesidades. Cada ser humano se encuentra con la dura piedra de su intransferible palpitar y con la realidad de sus condiciones familiares, sociales y laborales.
QuizĆ”s me he alejado un poco del eje vertebrador de este artĆculo, o no, el Ćŗnico fin, es apelar al paseo social del polĆtico, local o gubernamental, a que se baje de su burbuja ilusoria, para que con ello pueda conocer el estado verdadero del pueblo, para que conozca su sentir. Cuando uno sale a caminar, cuando se reviste de humildad, como cualquier otro vecino, tropieza con la realidad, con la nuda veritas, y es cuando entiende que hay calles que estĆ”n remendadas y son peligrosas, que hay vecinos con necesidades especiales, y que la vida, lejos de ser un jardĆn de rosas, es dura para todos. Entonces, cuando comprende que durante aƱos, dĆ©cadas, las cosas no se han hecho correctamente, y entona, reitero, con humildad, la mĆ”s grande de las virtudes; el mea culpa, comienza a renacer de sus propias cenizas cual ave fĆ©nix. Y la ciudad recobra el hĆ”lito de esperanza perdido aƱos atrĆ”s.
DecĆa G. Orwell: Ā«que cuanto mĆ”s se desvĆa una sociedad de la verdad, mĆ”s odiarĆ” a aquellos que la proclamanĀ», yo asumo mi destino estoicamente, y a la vez me siento merecedora de Ć©ste. Pocas cosas pueden perturbar a mi paz interior. Tan solo las injusticias sociales o naturales consiguen romper el silencio, roto Ć©ste solo intento crear una bella melodĆa, una pequeƱa flor, y como decĆa W. Blake: Ā«Crear una pequeƱa flor es trabajo de siglosĀ». Todo lo demĆ”s es insustancial y no estĆ” dentro del orden de mis intereses. Ā”Bendita madurez aquella que nos regala el tiempo! Ā”Bendecida la vida de la persona que lo sabe ver!