¿Memoria histórica? Respuesta a un listado

Placa situada en la calle a la que da nombre /JSP
Placa situada en la calle a la que da nombre / JSP

«Una buena persona, buen hijo, buen padre y abuelo, cuya enseñanza de oro era el respeto a la dignidad de las personas de cualquier condición social e ideológica»

FAMILIA DE EZEQUIEL PABLOS

¿Todas las personas que fueron alcaldes u ostentaron cargo alguno en la época de Franco deben ser estigmatizadas, marcadas o ser causa de vergüenza para sus descendientes?

Los dos alcaldes de Trujillo señalados con el dedo en estos momentos eran dos personas insignes e íntegras que se desvivieron por el bien de su pueblo y sus gentes.

Don Julián García de Guadiana, según tengo entendido, cedió los terrenos para el campo de futbol y lo construyó para uso y disfrute de jóvenes y no tan jóvenes de Trujillo (sentimos no tener más información al respecto, seguro que hay muchas personas que pueden dar suficientes argumentos a su favor). De ahí el nombre del campo de futbol, y no por ninguna otra connotación política.

Don Ezequiel Pablos es reconocido por su labor como médico y su gran humanidad para con todos. La asociación de vecinos de Huertas de Ánimas, agradecida, solicita poner su nombre a la calle donde vivía y, en 1988, en un emotivo acto multitudinario presidido por el alcalde socialista Don Benigno Fernández, se da el nombre a la calle «Ezequiel Pablos Gutiérrez –Médico-«. Como puede verse, en plena democracia.

Por esto son apreciados y recordados: por ser dos benefactores del pueblo, no por que hayan sido alcaldes en tiempos de Franco, que lo fueron, porque era la época que les tocó vivir.

La Diputación podría ocuparse de cosas más productivas para los ciudadanos que vivimos en esta querida Comunidad Autónoma, siempre olvidada y relegada al último lugar en mejoras de todo tipo, en vez de ponerse a rebuscar en las ciénagas. Quiten ustedes todos los símbolos que quieran pero dejen en paz a nuestros muertos, máxime, cuando han sido tan admirados por su pueblo por el que siempre lucharon anteponiéndole a sus propios intereses y procurando mantenerlo en lo más alto dentro de sus posibilidades. Abandonen esta caza de brujas inexistentes y no quieran convertirse en los nuevos inquisidores, porque LA HISTORIA, la de verdad, algún día se lo puede reclamar.

Y a Don José Antonio Ramos, el historiador que ha facilitado los datos para este despropósito, queremos decirle que no tuvimos el gusto de conocer personalmente a Don Julián García de Guadiana pero sí a Don Ezequiel Pablos y podemos asegurar que jamás hizo otra cosa que preocuparse por los demás. Usted seguro que también lo conoció aunque no sé hasta qué punto. Puede preguntar a la gente del pueblo.

¿Sabía usted que cuando terminó su especialidad de Otorrinolaringología en Madrid, su profesor le propuso que se quedase con él en su clínica, ya que, al no tener hijos, le sucedería en ella? Las palabras de Don Ezequiel fueron: «Gracias profesor, por esta enorme deferencia, pero si yo quise ser médico, era para servir a mi pueblo». Y de esta manera cumplió con su sueño, escaso de dinero pero satisfecho por poder ayudar a su comunidad. Nunca se arrepintió.

En el Ayuntamiento de Trujillo alternó como concejal, alcalde, concejal,… Le daba igual, porque él lo que quería era seguir sirviendo a su pueblo, no importaba el rango con que lo hiciera.

Alcalde sin sueldo, cronista sin sueldo, incluso actuando de guía turístico, naturalmente sin sueldo.

Infatigables caminatas por el casco antiguo enseñando con orgullo su ciudad, casi sin poder andar, pero incansable. Decía que había que conseguir enamorar de Trujillo a todo aquel que por aquí pasaba. Todo un embajador simultaneado con su profesión, con aquellas guardias permanentes que lo mismo visitaba a una parturienta en el campo como una urgencia en Belén, Pago de San Clemente… a las tantas de la madrugada.

Estos son los motivos por los que sus paisanos quisieron poner su nombre a la calle donde vivió. Una buena persona, buen hijo, buen padre y abuelo, cuya enseñanza de oro era el respeto a la dignidad de las personas de cualquier condición social e ideológica. Alguien a quien merece la pena recordar por sus OBRAS.