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Laura Casado Porras
L'espoir de la Victoire

L'espoir de la Victoire

Laura Casado Porras

Miércoles, 10 de mayo 2023, 10:20

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'La gent no s'adona del poder que té' reza un verso de la canción 'La gent' de Maria Arnal i Marcel Bagés. En efecto, la gente no sabe el poder que tiene. Solo una minoría es consciente de que las libertades y los derechos se ganan en la calle y se pierden cuando se apuesta por la débil y silenciosa cobardía. Francia, 'toujours elle', no olvida su historia y no está dispuesta a retroceder ni una sola casilla para derrocar a quienes intenten debilitar sus garantías sociales. La libertad sigue guiando al pueblo francés, como la retratara Eugène Delacroix, decida, osada e insolente; desnuda como la verdad. Francia no pierde un solo grado de su maestría como ciudadana de un sistema desnutrido por la racionalidad instrumental y el desamparo político.

En Europa, el adormecimiento sigue siendo cosas de mayoría. Mientras el país vecino se une para luchar, aquí, unos cuantos kilómetros más al sur del mapa, el debate se despoja de cualquier circunstancia intelectual y se enfoca en bribonadas marítimas y en la edad de las mujeres para concebir hijos. Por cierto, el debate global en lo que a la concepción se refiere, va encaminado en torno al fin natural del embarazo. Otras formas de gestación como la «ectogénesis» podrían liberar a la mujer de la opresión biológica y abolir el constructo mujer como clase social. El debate es controvertido e interesante y plantea cuestiones que llegarán, antes o después, queramos o no: la revolución, siempre, por parte de las mujeres, de poder controlar la forma de reproducirse.

La ignorancia sigue golpeando muy fuerte, ya no se ven superhombres, solo a una masa inerme despojada de sus raíces, dejándose abanderar por medidas represivas tácitamente camufladas. Por ello, germinan especies de la peor condición moral capaces de dinamitar las libertades civiles a golpe de talonario. Así, sin más, sin despeinarse, sin estresarse. Sin preocuparse. El destino del hombre es aniquilado por nuestro padre, el capital y sus hijos: tecnocracia y alienación.

Me pregunto: ¿qué función tiene la paz cuando en el tablero geopolítico solo hay una ingente caterva de hombres testarudos que siguen teniendo como sueño eterno cruzar el Rubicón para coronarse de laureles en Roma? Emperadores belicosos, augustos desfasados, que solo atienen a la máxima: 'vincere aut mori'. hombres, al fin y al cabo, que siguen perpetuando el modo patriarcal en las esferas del poder, estrato que se encuentra desde el origen corrompido por un amargo hedor de codicia y sangre. Portan, en sus tibias miradas, un halo de supremacía gracias a que han aprendido a clavar spathas por las espaldas al pueblo. Así se fulmina cualquier conquista humanista, cualquier avance social y moral. Así se crea un credo unidireccional; así se controla el mundo.

Los credos complacientes forman parte de la dialéctica de nuestro tiempo y construyen la comunicación de masas. Ahora, toca relativizar las inclemencias climáticas si se quiere salir victorioso de la lucha contra la inflación. 'Esta tarde vi llover'… hacia ¿tanto tiempo!, paseaba por el campo, mientras la tímida lluvia, ¡tan esperada!, me mostraba todos aquellos residuos vacíos que el hombre abandona a su suerte después de su consumo. Cada vez hay más, deben de reproducirse por gemación… El debate político, más que nunca, se emancipa de la sociedad y de sus necesidades más apremiantes y, en su inmadurez intelectual, huye de la posible calificación científica como historia política, al menos que pueda ser agasajada con la decencia. Si el Guadalquivir y Doñana están condenados a desfallecer sedientos de amparo la culpa es, por supuesto, del pan de los dirigentes, que no es el mismo que el del pueblo. Aún no han entendido que la burbuja de la corrupción no es suficiente para aminorar el despropósito de la sobreexplotación de los acuíferos. Ni entenderán que los delitos que atentan contra el medio ambiente deben de ser condenados a la máxima pena en todo el orbe. ¿Quién dijo que los malos tuvieran alma? Es una cuestión sobre la que albergo pocas dudas.

Inclusive cuando el pueblo aprende a decir NO, las cosas no son del todo sencillas. Porque a veces un NO, resulta insuficiente. NO a la Mina de Litio en Cáceres. Pero es un comienzo. Salvar la Montaña de Cáceres es un deber que tenemos, no solo como extremeños, sino también como ciudadanos de un mundo en el que cada vez se normalizan más comportamientos ofensivos contra la naturaleza: acidificación del océano, agotamiento de los suelos, contaminación del agua y del aire, deforestación, generación ilimitada de basura terrestre y espacial, extinción de los recursos no renovables, calentamiento global… Lo más rastrero que he podido ver es la clara omisión del deber para con nuestro hábitat y para con la humanidad y cómo sus dialécticas de parvulario consiguen alienar cada día más al sujeto desorientado.

En los tiempos arcaicos, cuando Atenea se paseaba por la acrópolis portando su magnánima sabiduría, con la justicia como medida y con sus «ojos glaucos» que, cuentan eclipsaban hasta a la bella Helena, a los dirigentes, se les exigía una praxis sociopolítica y una epistemología que incidiera de forma directa en la felicidad de la ciudadanía. Conseguirlo solo era posible si la educación y la justicia promovían valores superiores de excelencia. Nuestra era ha dejado de lado al espíritu de la profundidad y se ha aliado a un tiempo vacío de verdad. No nos ha costado más que unos pocos miles de años degenerar lo que se había constituido como el mejor de los fines comunes: la felicidad de los pueblos. Los cimientos teóricos de los mayores intelectuales de la historia pueden refutarse a golpe de talonario. Entiendo, ahora, la escasa inversión en investigaciones sociales.

Que conste en acta que ni los mayores adalides de la lógica de Port- Royal, ni Karl Popper, ni ningún ismo, ni ninguna piedra eclesiástica podrán frenar a la I.A. ni a la sociedad 4.O. Con lo cual habrá que ir demarcando una deontología sobre su radio de acción. ¿Llegarán un día a someternos los robots después de haber procesado toda la información necesaria para ello? Sus nodos de información interconectados me generan dudas.

Me acuerdo del feudalismo, y de Darwin. De los reyes y de sus santas narices de someter al pueblo solo por poseer las mayores arcas y su obsesión por acrecentarlas. Dinero es poder. Conocimiento es poder. 'Sapientia Melior Auro'. Me acuerdo de los campesinos y de la esclavitud, de los oprimidos y de los opresores. Nació la tiranía con los emperadores y con los reyes, pero con la ilustración emergió la libertad. Tan bella ella, ¡tan necesaria!, con sus derechos para la ciudadanía, con su teorización académica impoluta, y con sus vestiduras nuevas logró estrechar el cerco de ignorancia, consiguiendo que las mayorías dejaran de sentirse acomplejadas y comenzaran a entender que solo con la lucha se consigue derribar a los tiranos. No hay color ni ideas que nos separen, y nada que una más como la libertad y las garantías sociales. Es cuestión de mirarnos en el mismo espejo, abundantes de tolerancia y de respeto, juntos y unidos, para derribar a quienes no quieren ser parte del todo. A quienes no creen que exista una armonía intrahistórica capaz de vencer.

Intentando comprender los fundamentos éticos del Transhumanismo, en mi autoexploración cognitiva, entiendo que aún me cuesta asimilar por dónde quiere avanzar la humanidad. Abanderando a la inteligencia artificial (I.A.) como única realidad posible, se cree capaz de acabar con la estupidez humana. El órdago merece una reflexión pausada. Aún no he visto por las plazas del mundo ningún monumento a Alan Turing, pero no creo que tarden mucho en aparecer, todo llega a su debido tiempo. Pues bien, esta nueva avis que resulta ser el movimiento transhumanista, promulga la excelencia humana gracias a la intervención tecnológica y la edición de genes, esto es: la estupidez humana y las imperfecciones genéticas pueden tener los días contados gracias a la perfección de los rasgos biológicos. Ahora me acuerdo de Lamarck y de su 'principio de perfección'. Y presiento que Newton ve peligrar el reinado mejor apuntalado del mundo: el suyo. No hay imperios que duren eternamente. Este bien podría ser el lema de la historia de la humanidad.

Pudiera pecar de (bio)conservadora, a mi edad, nunca lo sospeché. Pero quizá no me cierro de todo en banda; si llevamos años investigando con animales (la cosa es abominable) para conseguir que algunas ciencias evolucionen, tal vez, es hora de comenzar a experimentar manipulando genéticamente aquellos sectores de la población que más cantidad de malversación humana e inverosimilitud atesora: la clase dirigente. Quizá, solo sea necesario iniciar en ellos los primeros experimentos para ver sí diseñando el mejor de los genes posibles, la humanidad comienza a transitar la senda del bien que tantos ensayos y errores nos está costando. Se trata de dar con el patrón perfecto, con el gen áureo que cree personas conectadas con las necesidades del planeta y que tengan extirpadas cualquier rasgo de codicia. Por supuesto asesorado por un comité de bioética, faltaría más. No sé si resultará sencillo aprobar las leyes para ello, porque serían contrarias a sus intereses, pero, siempre podríamos obligarles. Acaso, ¿no llevan siglos obligando a la población a seguir sus imperativos y sus desvaríos?

Me pierdo en la fantasía, pero una idea es descabellada hasta que encuentra a suficientes personas que la secunden. Más descabellado resulta oprimir al pueblo o acabar con las reservas naturales y estas ideas y praxis siguen coronándose como las favoritas por la población. Se deduce de ello el dejar intervenir y la ausencia de protesta mayoritaria. Habrá que volver a ganar un mundial o irse a vivir a Francia para sentir a un pueblo unido que valora la libertad y el bienestar natural como las condiciones más importantes de la condición humana. Yo aún no pierdo la fe, cuento con 'l'espoir' de la Victoire.

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