El Palacio de los Barrantes Cervantes acogió este viernes un encuentro para conmemorar los 40 años de la creación de la Feria Nacional del Queso. ... Estuvo marcado por la memoria, el agradecimiento y el reconocimiento a quienes hicieron posible que una idea nacida en 1986, con más ilusión que medios, se haya convertido cuatro décadas después en una de las grandes citas gastronómicas, agroalimentarias y turísticas de Extremadura.
El acto sirvió para recordar que la Feria no nació en la Plaza Mayor, como hoy se conoce, sino en el Mercado Regional de Ganados de Trujillo, un origen profundamente ligado al campo, al ganado y a las familias queseras. «Antes de convertirse en escaparate turístico, la feria fue sobre todo una apuesta por el mundo rural y por un sector quesero artesanal que tenía calidad, oficio y tradición, pero necesitaba reconocimiento, visibilidad y una voz propia», se remarcó en este encuentro.
Uno de los momentos más significativos fue la intervención de Benigno Fernández Rubio, alcalde de Trujillo en 1986, quien recordó la dificultad que suponía entonces tomar la decisión de impulsar una feria dedicada al queso artesano. En aquellos años, la normativa sanitaria penalizaba y sancionaba a muchos elaboradores tradicionales, especialmente a quienes trabajaban con leche cruda siguiendo prácticas heredadas durante generaciones. Apostar por aquel certamen era, por tanto, algo más que organizar una muestra: era ponerse del lado de un sector que necesitaba ser comprendido, ordenado y defendido, señalan fuentes de la organización de este acto.
Apuesta
También intervino Mariano Sanz Pech, quien repasó su trayectoria profesional de cuarenta años al servicio del sector quesero y recordó su apuesta definitiva por Trujillo como sede de una feria capaz de reunir producto, territorio, tradición y futuro. Sanz Pech subrayó que Extremadura tenía mucho que decir en el panorama quesero nacional, por su ganadería, su leche, su dehesa y su saber hacer. Por su parte, otro de los impulsores, Enric Canut, situó el nacimiento del certamen trujillano en el contexto nacional del queso artesano, un sector que en aquellos años comenzaba a emerger con fuerza en territorios como Asturias, Cataluña y Extremadura. Canut recordó que había producto y conocimiento, pero faltaban estructuras, visibilidad y reconocimiento. «En ese escenario, Trujillo se convirtió en un lugar decisivo para dar voz a los elaboradores y demostrar que el queso era también cultura, patrimonio, economía rural e identidad», se indica.
La intervención más emotiva corrió a cargo de Juan Antonio Gallardo García, impulsor de la feria trujillana. Pronunció un discurso lleno de gratitud y memoria. Gallardo recordó que el certamen «no fue obra de una sola persona», sino el resultado de muchas manos, muchas cabezas, mucho trabajo y mucha generosidad. Su intervención repasó los primeros pasos de aquella aventura, la elección de Trujillo como sede, el apoyo institucional, la organización diaria, las jornadas gastronómicas, la dimensión cultural y el papel de tantas personas que trabajaron desde lugares muchas veces invisibles.
Proyección pública
En ese recorrido ocupó un lugar destacado Ángel Guerra, responsable de comunicación de la feria y figura decisiva en su proyección pública. «En una época sin redes sociales ni campañas digitales, la el certamen trujillano necesitaba ser explicada, defendida y contada. Guerra llevó el certamen a la prensa y a la radio regionales desde sus primeras ediciones, ayudó a construir su relato público y contribuyó después a su salto a medios nacionales e internacionales», señalan fuentes de la organización de este acto.
Además, Ángel Guerra fue comisario y organizador del I Congreso Iberoamericano de Quesería, celebrado en 1991, una cita que supuso un salto cualitativo para la Feria al convertir Trujillo no solo en lugar de exposición y venta, sino también en espacio de conocimiento, debate técnico e intercambio profesional.
El acto incluyó la entrega de estatuillas conmemorativas realizadas por el escultor trujillano Julio Corrales, notable creador vinculado al arte povera. Fueron reconocidos Mariano Sanz Pech, Enric Canut, Juan Antonio Gallardo García, Benigno Fernández Rubio, Matilde Muro, Mercedes Moreno, secretaria de la Institución Ferial, José María Cancho Parrón, Miguel Paredes y Ángel Guerra.
Con estos reconocimientos, la organización quiso rendir homenaje a quienes contribuyeron de manera decisiva a dar forma, contenido, organización, proyección y memoria a la Feria. Cada nombre representaba una parte de esta historia: la idea inicial, el respaldo institucional, el trabajo silencioso de la organización, la cultura, la gastronomía, la enseñanza, la comunicación y la defensa de un producto profundamente unido a Extremadura.
Obra colectiva
La conmemoración dejó claro que la Feria del Queso de Trujillo es una obra colectiva. No pertenece a una sola persona, sino a todos los que la hicieron posible: quienes creyeron en ella cuando no era fácil creer, quienes trajeron sus quesos con dudas y esperanza, quienes la organizaron, quienes la financiaron, quienes la contaron y quienes entendieron que el queso artesano merecía ser mostrado con orgullo, según se señala desde la organización.
Cuarenta años después, la Feria es mucho más que un certamen comercial. Es un escaparate gastronómico, un punto de encuentro para el sector, una herramienta de promoción turística y un símbolo de la cultura rural extremeña. La Plaza Mayor de Trujillo resume hoy esa alianza entre patrimonio, producto y territorio que ha convertido a la ciudad, durante unos días cada año, en capital del queso.
El acto concluyó con un mensaje de gratitud y continuidad. Gratitud hacia quienes defendieron el queso artesano cuando no siempre era comprendido, y compromiso para seguir modernizando el sector sin perder sus raíces. Porque detrás de cada queso hay leche, tiempo, manos, memoria y una forma de entender la tierra. Cuarenta años después de aquella primera edición, la Feria Nacional del Queso de Trujillo sigue viva porque conserva intacta la razón que la vio nacer: reconocer el trabajo de quienes elaboran queso y recordar que, detrás de cada pieza, hay territorio, conocimiento, oficio y dignidad rural, se añade.
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