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Mamen y Kin Paredes Diéguez
La gran Diegada
Reflexiones desde la ventana

La gran Diegada

«En la puerta espera Soledad, la bisabuela. Le acompañan Luis, Antonio, Carmen, Justo y el resto de los inmortales. Ahora comprendo que Mamen y Kin emprenden un nuevo viaje»

Juan Manuel Ramírez Paredes

Domingo, 24 de enero 2021, 01:42

Mamen ayuda a colocar la mesa con la amplia sonrisa y la actitud positiva que siempre la acompaña. Os sorprendería lo que su mirada y esa mueca pueden despertar en cualquier ser humano. Le encanta cuando estamos todos juntos. Su hijo, Carlos ('Carlete', para la familia), la observa con encomiable admiración. Mamen ama a Carlos sobre todas las cosas. Nunca deja de cuidarlo. En estos momentos, cuando la familia se reúne, ella siempre recuerda a sus padres, Carmen y Justo. Y se le enciende la belleza como a una flor silvestre.

Nuestra familia es muy numerosa. Nos resulta complicado encontrar la ocasión propicia para poder reunirnos todos. Generalmente, esto sucede en contadas ocasiones: bodas, despedidas y las obligadas 'Diegadas', que es como llamamos a estas reuniones familiares. Y, por supuesto, en las fiestas importantes de Trujillo: El Chíviri, La Salve, etc.

La familia Paredes Diéguez, que formaron Justo (El sheriff') y Carmen, tiene cinco hijos: Mamen, Sonsoles, Justo ('Kako' o 'mayor', como lo llama Kin), Kin ('Quinorro' o 'pequeño', como lo llama Justo) y Martita.

Hoy estamos en 'Las Viñas' del Pago de San Clemente, en la casa de Justo que, junto a Chelina y sus tres hijas, como es habitual, no dejan de sacarnos cervezas, vinos y comida a todos los presentes.

Mi abuela Carmen tenía nueve hermanos, también, en su mayoría, con sus correspondientes mujeres e hijos. Hijos que ya tienen hijos. El último en sumarse ha sido Diego. Somos los hijos de los hijos de mi bisabuela Soledad, sus mujeres y los amigos que cada uno tenemos. Nuestra familia es autóctona de Trujillo, pero se extiende por casi toda la geografía del país y, a causa de la emigración, también tenemos primos en Alemania. Por acortar, nosotros decidimos llamarnos primos o hermanos. Compartamos el mismo apellido o no. Hoy estamos todos.

Nos acompañan también los Escobero, los Mateos, los Rubio, los Moreno, las Petisco, los hermanos adoptados como Luis Beato, Ana Mateos, Sonia y muchos más que no abarco a enumerar.

Por el camino del Pago hasta la casa no dejan de llegar familiares y amigos para la celebración. Todos con inmensas ganas de abrazos, besos y risas.

Kin está sentado en las escaleras, acompañado de su inseparable mujer, Ana. Hay amores que tardan en encontrarse, pero que, ocurra lo que ocurra, están destinados a unirse, y es imposible que nada separe.

Kin es muy querido allá donde va. En su pecho hay un corazón que tiene como prioridad cuidar a todo aquel que se acerca a él.

–¡Cuñado! –le espeta Kin a mi padre–. ¡No fumes!

–Yo soy inmortal –responde JuanMax, mi padre.

–¡La que se está montando aquí! –exclama Ana, mientras ve como se va llenando el patio y la casa de los amigos de la infancia de su marido, los compañeros del instituto, de diversos partidos políticos, de la coral, de la vida. Al lado de Ana están sus padres y sus hermanos, nuestra nueva familia.

Debajo del almendro, Yon recuerda las anécdotas de un verano en Galicia con su 'hermano' Kin.

Iván le cuenta a su hijo Diego que el hombre que está sentado en las escaleras fue la persona (cuando era edil del ayuntamiento) que casó a su padre con Gema, el amor de su vida. Y, también, entre otras cosas, le enseñó a afeitarse.

Piluca y Tomás añaden que tanto Mamen como Kin han sido considerados como hijos cuando han ido a su casa. Algo común en todas las casas de mi familia.

–¡Voy a sacar chanfaina! –grita Justo desde la ventana de la cocina–. Vayan preparándose.

Manoli y mi madre, Sonsoles, están viendo fotos de cuando eran niñas, sentadas en un banco. Siempre las acompañará el recuerdo de la infancia y de todos los primos disfrutando de las comuniones y cumpleaños. Un tiempo, su maravillosa niñez, que convirtió a todos en compañeros inseparables de travesuras por las calles de Trujillo.

Marisol, que recorre el patio sin cesar, no suelta la cámara de fotos. Esto viene de familia, tenemos en nuestras filas varios fotógrafos profesionales. Y, además, insiste para que no dudemos en ir a pasar unos días a Alemania, donde ella reside.

–¡Que os cuenten Ana y Kin cómo lo pasamos allí! –nos dice, mientras se dirige hasta donde se encuentra Mamen para hacerse un selfie con ella. Están muy unidas porque ambas estudiaron en el mismo colegio de Miajadas, pero al ser Mamen mayor, ejerció de protectora de Marisol.

Ángel Luis salvaguarda el queso que hay en la mesa, en nuestra familia acudimos a él como los ratones. Entre bocado y bocado, bebe un sorbo de cerveza y fotografía, también, todas las estampas que se van sucediendo en la celebración. Desde el porche, para Carmen es inevitable recordar a su padre con tantas cámaras de fotos alrededor.

Álvaro coge la guitarra y los primos le rodeamos en un corro. Sami acompaña a su padre Elías que, junto a Pepe, se unen en el centro del círculo y comienzan a entonar la Maruzzella, de Renato Carosone. Nazaret y Lara abrazan a Pili observando el ritual de todas nuestras celebraciones. Kin y Justo se abren paso en el improvisado escenario para unir sus voces y que la música de comienzo.

–¡Yo voy a tomarme cien pesetas! –exclama Marta saliendo de la casa. Yoli acerca su vaso y se une al brindis, mientras, todos cantamos.

En cada rincón del patio se recuerdan las historias de los bares, como El Ágape, El Oboe o La Taba. Se narran los innumerables viajes compartidos. Cantamos y hablamos de música, cine, literatura, series de televisión y del amor que sentimos unos por otros. Reímos y no dejamos de abrazarnos. También, como es costumbre, debido al gran número de personas que somos, tenemos que comer por turnos. Hoy es uno de esos días que no tiene final.

En la bodega, Elvi abre una botella del vino de Justo. Rememora que hoy sería el cumpleaños de Janis Joplin y es el de Dolly Parton. Cristina se aproxima a ella para rellenar su copa.

¡Vamos a bailar! –grita 'Toti' a sus amigas. María José y Arturo ríen a carcajadas.

Belén De Miguel le cuenta a su hermana, Eva, las innumerables luchas políticas vividas con Kin, y Teresa le confiesa a Adriana, su hija, que Kin se ha comido sus gusanitos.

En la rampa de salida de la casa, Mayla recibe el abrazo de Kin. Un abrazo que le invade hasta lo más profundo de su corazón. Un abrazo que la arropa y está lleno de cariño y bondad.

Y yo, que disfruto de mi cerveza, al tiempo que de mi familia, amigos y seres queridos que nos acompañan, me viene la imagen del final de la película 'Big Fish' cuando observo la cantidad de gente que ha acudido a nuestra celebración. Todos sonríen y recuerdan con alegría los buenos momentos vividos con Mamen y Kin. No entiendo el porqué, supongo que saben algo que yo aún desconozco. Lo único que tengo claro es que todos y cada uno de nosotros formamos parte de esta gran familia.

–JuanMa, tienes que venir a presentar los libros que has publicado en mi instituto –me recuerda Kin.

–Y cuida de la familia –incide Mamen, que nunca deja de preguntarme por todos y cada uno de mis allegados.

Kin se aproxima a Ana para darle un beso. Le susurra al oído lo mucho que la quiere. Después, mira a Mamen y se agarran de la mano. Cada uno de los presentes asistimos felices a la escena. Nadie llora. Ambos se despiden de nosotros con besos y un enorme abrazo, uno a uno, sin dejar a nadie sin su parte de cariño. Disculpadme aquellos que no menciono, pero somos muchísimos y mi memoria no es la de antes.

En la puerta espera Soledad, la bisabuela. Le acompañan Luis, Antonio, Carmen, Justo y el resto de los inmortales. Ahora comprendo que Mamen y Kin emprenden un nuevo viaje, pero siempre estarán con nosotros.

Carlete rodea su brazo sobre mi hombro.

–¿Crees que Mamen se marcha para cuidar de Kin o Kin se marcha para cuidar de Mamen? –me pregunta.

–En esta familia, nadie deja solo a nadie, primo. Todos cuidamos de todos –le respondo.

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