Juan Pedro Ojea, en la entrada del centro de acogida de menores. / JSP

Una vida dedicada al centro de acogida de menores

Juan Pedro Ojea se despide, tras 39 años como director en el 'Francisco Pizarro'

Javier Sánchez Pablos
JAVIER SÁNCHEZ PABLOS

Tranquilidad, paciencia y sentido común, algo muy importante cuando se trabaja con jóvenes. Son recomendaciones hechas a la nueva directora del Centro de Acogida de Menores Francisco Pizarro, María José Sánchez Piélago. Esos consejos llegan de una voz autorizada, como es la de Juan Pedro Ojea, máximo responsable de este servicio desde 1983 hasta hace unas semanas. Tras 39 años en este cargo de responsabilidad, con 68 años, se ha jubilado.

A pesar de este merecido descanso profesional, todavía no se ha separado al completo de su centro ni de su gente. Se debe a que está ayudando a la nueva directora a que, poco a poco, se adapte a este nuevo puesto y al macro centro trujillano. Además de acoger a menores, estas instalaciones han tenido siempre las puertas abiertas para llevar a cabo otras alternativas, bien de la Junta, bien del Ayuntamiento, bien de otras entidades.

Ojea no tiene dudas de que echará de menos su vida profesional, porque «quiero mucho al centro, a mi gente y a los chavales». Insiste en que siempre ha ido a trabajar con alegría y entusiasmo, a pesar de que a veces había que solucionar problemas importantes.

Además, se sigue acordando de muchos de los antiguos usuarios, incluso, no les ha perdido la pista. «Mantenemos la relación con muchos de ellos y pasan a vernos, a abrazarnos y a darnos un beso». Reitera que siempre lo que se ha intentado es que esos menores tengan un hogar lo más parecido a una familia.

Su función como director comenzó en 1983, cuando quedó primero en una oposición para dirigir el centro trujillano que estaba en la plazuela del Molinillo, lo que es hoy el Centro de Alta Resolución. Allí estuvo durante siete años. Se llamaba 'Hogar escuela Francisco Pizarro'. De hecho, al principio, se impartían clases de Primero a Quinto de EGB. Con el tiempo, esas clases se suprimieron y los menores comenzaron a ir a los colegios de la ciudad. «Estábamos situados perfectamente», apunta. En este lugar, los chicos y chicas salían sin ningún problema e iban andando a todos los sitios.

Reto

Uno de los grandes retos para Ojea, a lo largo de estos años, fue el traslado que supuso del centro antiguo, que entró en funcionamiento en 1949, al centro actual, de grandes dimensiones. Tuvo lugar en el año 1989. «Trabajamos muy duro en los tres meses últimos de ese año en el traslado y en enero, cuando los chavales volvieron de vacaciones, nos establecimos» y hasta la actualidad, señala.

Ojea, que ha sido un director reivindicativo, reconoce que los primeros años fueron de mucho trabajo porque «no había nada». Además, quedaban muchos flecos pendientes de la terminación de la obra. «Tuvimos que estar luchando con la empresa para que rematase la construcción». Recuerda, además, que había un proyecto de jardinería que no se ejecutó. Este hecho supuso una labor e implicación tanto del personal, como de los propios usuarios, para contar con zonas ajardinadas. Ahora, resalta con orgullo la gran arboleda que tienen estas instalaciones.

El gran inconveniente es que este servicio se fue de un lugar céntrico, a estar, alejado a unos 5 kilómetros, hecho del que nunca estuvo de acuerdo. Al final, esa distancia física se solucionó con una furgoneta para que los pequeños tuvieran sus ratos de convivencia con sus amigos y con un autobús para ir al colegio.

Ese macrocentro Francisco Pizarro, que está dividido en diez hogares, se puso en marcha con 167 menores. Ahora, debido a que las políticas de acogida han cambiado, cuenta con muchos menos usuarios y se ha convertido en una 'mini residencia'. En la actualidad, hay 37 beneficiarios, de los que un número importante son inmigrantes.

Integración

Durante estas décadas, Ojea recuerda que siempre se ha preocupado tanto por la cultura de los chicos, como por la integración y estar relacionados con la sociedad trujillana. «La colaboración de Trujillo y sus alrededores ha sido enorme», sostiene. Resalta, entre otras propuestas, la semana cultural, con 25 ediciones. Con la voz emocionada y entrecortada, recuerda a diferentes amigos que ayudaron siempre al centro, además de las buenas relaciones con diferentes instituciones.

Tampoco se olvida de sus compañeros. En la actualidad, la plantilla está formada por medio centenar de trabajadores. Resalta el «gran entusiasmo» con el que hacen su labor para que esos menores consigan lo que deseen. Prueba de ello es que algunos llegan a estudiar una carrera universitaria.

Este director se marcha con «tranquilidad», porque asegura que ha trabajado muy a gusto. Ahora, afronta una nueva época dedicada a su familia, sus hijos y sus nietos, sin olvidar a sus amigos. Además, tiene expectativas de ampliar conocimientos con algunos estudios, así como de aprovechar los recursos de la ciudad. Todo ello irá unido a la práctica del deporte, una de sus pasiones.

No obstante, no se olvida de uno de los frentes abiertos que ha dejado en el centro de acogida. Se trata de la obra necesaria que supondrá una inversión de cerca de 3 millones de euros. «La veré terminada y también estaré para echar una ojeada», añade.