José Manuel Andrade, en una de las zonas del cementerio de Trujillo / JSP

«Jamás podrán decir que yo traté mal los restos de alguien»

José Manuel Andrade ha sido el enterrador de los cinco cementerios de Trujillo, hasta hace unos días, que se ha jubilado

Javier Sánchez Pablos
JAVIER SÁNCHEZ PABLOS

Cada mañana, al abrir el cementerio de Huertas de Ánimas, no faltaba su particular «buenos días a todos y todas». Luego, subía a La Vera Cruz, para comenzar su jornada laboral. Siempre preocupado por el mantenimiento de los cinco camposantos de la ciudad, José Manuel Andrade ha estado casi 18 años como enterrador municipal. Hace unos días, tras su jubilación, comenzó una nueva etapa dedicado a su familia.

Andrade, como se le conoce en la población, recuerda que para acceder a este puesto municipal se tuvo que presentar a una oposición. Antes, desde los 17 años, estuvo trabajando de albañil. Reconoce que vio venir la crisis del ladrillo y aprovechó la oportunidad que surgió en ese momento. Los candidatos hicieron tres exámenes. «Tuve suerte y aquí hemos estado todo este tiempo».

Explica que el oficio de enterrador es muy variado. Va desde atender a los usuarios, hasta abrir y preparar nichos para un entierro, pasando por el traslado de restos y desbroce de hierbas. Resalta asimismo que una de las prioridades siempre ha sido la limpieza. «Muchas personas no han dado la enhorabuena de cómo están los cementerios». Asegura que, aunque pueda llamar la atención trabajar en un cementerio, uno se acostumbra.

Momentos duros

No obstante, matiza que los peores momentos son cuando llegan los entierros y, principalmente, si son de personas jóvenes o niños. Alguno de esos casos especiales le ha tocado vivir. «Cuando estás tapando el nicho, se te hace un nudo en la garganta, incluso ese día te cuesta dormir más de la cuenta», recalca. También le ha tocado enterrar a algún familiar o persona cercana. En esas ocasiones, ha tenido la oportunidad de que otro compañero hiciera esa labor. También reconoce que a veces prefería hacerlo él. «Así, me he centrado en el trabajo y he pasado mejor ese rato».

Flores puestas en los cementerios para felicitar a las madres, en los momentos más duros de la pandemia / HOY

Tampoco se olvida de los momentos que se vivieron en la época del confinamiento durante los meses más duro de la pandemia. Recuerda que hubo situaciones complejas. De hecho, hubo entierros sin ningún familiar del fallecido, porque todos estaban con covid. Cuando había restricciones en la entrada, Andrade reconoce que se intentó ser comprensivo y flexible, porque «se vivieron momentos muy duros».

Uno de los gestos bonito que tuvo en esa época fue el día de la madre del 2020. Como la ciudadanía no podía salir de casa, este enterrador puso o mando poner ramos de flores en la entrada de cada uno de los cinco cementerios de la ciudad, felicitándolas en nombre de la población. Rememora que ese detalle fue muy agradecido.

Saber escuchar

Más allá de situaciones complicadas, Andrade considera que una de las mejores cosas de su oficio ha sido el trato diario con muchas personas. «Al final, haces amistad con mucha gente, sobre todo mayor». No tiene dudas de que con la gran mayoría de los usuarios del cementerio ha tenido una gran cordialidad y buen trato. Además de la atención propia del trabajo, incide en que también en ocasiones hay que saber escuchar. «Muchas veces tenemos que actuar casi de psicólogo, porque hay persona que se sientan con nosotros y nos comentan. Hay que ayudar en todo lo que se pueda», apunta.

Uno de los principales valores que ha intentado aplicar ha sido el respeto en situaciones tan duras como se vive en los cementerios. Así también lo ha aplicado a la hora de abrir los nichos y tener que mover los restos. «Se lo digo a mis compañeros, siempre hay que hacerlo con el máximo respeto y con mucho cuidado. Jamás podrán decir que yo traté mal los restos de alguien, tanto si estaba la familia delante, como si no», apunta.

A los cinco años

Recuerda que un nicho ya ocupado se puede abrir cumplido los cinco años del último enterramiento. Si a partir de ese momento, quieren enterrar a otra persona, se sacan todos los elementos, como pueden ser ropa o lo que queda de la caja. Apunta como anécdota que, en una ocasión, se encontraron botellas de alcohol que dejaron en el féretro. Limpiado todo, tan solo se dejan los restos del fallecido, que van «cuidadosamente» metidos en un sudario. A partir de ahí, los ponen en el fondo del nicho para que pueda entra el nuevo féretro.

Detalla que, aunque los cementerios tienen un horario, «si fallece una persona, hay que ir a cubrir el entierro, sea la hora que sea». Igualmente sostiene que, aunque esos nichos se cierren con ladrillos, al día siguiente se dan una capa de cemento, para evitar que haya poros abiertos y se produzcan malos olores.

Andrade también recuerda la importante labor de recuperación de nichos que se está haciendo. Aunque el cementerio de Trujillo es «muy bonito», considera que hay muchos nichos abandonados. Por ello, desde hace unos años, el Ayuntamiento está recuperando muchos de ellos. Además, algunos han sido cedidos. Remarca que, si no fuera por esta labor, ya no habría más. Gracias a ese trabajo, junto a la construcción que se está llevando a cabo ahora, «podemos aguantar». No obstante, pronostica que, en un futuro, habrá que hacer más.