Mitos y leyendas de un mundo olvidado
Francisco Mateos Cotrina
Sábado, 28 de marzo 2026, 00:44
El zumbido del purificador de aire era el único sonido constante en el salón del piso 42. Fuera, el cielo austral del oeste de Buenos ... Aires tenía ese color ocre industrial, recordatorio de que el aire respirable era un servicio premium contratado a la constructora del edificio.
Santiago caminaba de un lado a otro, consultando la pantalla de su antebrazo para revisar las fluctuaciones del mercado de divisas. Su rostro, iluminado por el resplandor azulado de los hologramas, reflejaba una mezcla de agotamiento y de ira contenida.
Irene, sentada frente al ventanal de cristal blindado, terminaba de coser un sensor GPS en el uniforme escolar de su hijo. No levantó la vista cuando Santiago se detuvo bruscamente.
—Tiene que parar, Irene. Lo digo en serio —soltó él, señalando con el mentón hacia el pasillo que conducía a las habitaciones—. Tu padre está cruzando una línea peligrosa. No es solo que sea senil; es que es subversivo.
Irene suspiró, dejando la aguja sobre la mesa de cristal.
—Es un anciano, Santiago. Solo le cuenta historias a su nieto antes de dormir.
—¡No son cuentos, son delirios de ciencia ficción! —Santiago alzó la voz, pero luego la bajó rápidamente, recordando que el sistema de monitorización del edificio penalizaba los ruidos excesivos a partir de las diez de la noche—. Me he quedado escuchando tras la puerta. ¿Sabes qué le estaba diciendo a Nico? Otra vez le estaba hablando de su niñez en España. Hoy le estaba hablando de los «centros de salud».
Irene guardó silencio un momento. La palabra sonaba extraña, como un arcaísmo de un idioma muerto.
—¿Y qué hay de malo en eso? —preguntó ella suavemente.
—¡Que le ha dicho que eran lugares donde entrabas y te curaban sin pagar! —Santiago soltó una carcajada seca, carente de humor—. ¡Le ha contado que podías tener una enfermedad grave, una cirugía de alta precisión o una quimioterapia, y que «el Estado» lo pagaba todo! ¿Te das cuenta de la magnitud de esa mentira? Nico tiene diez años. Se va a creer que la vida es un buffet libre y cuando tenga que pedir su primer crédito de supervivencia a los dieciocho, se va a dar de bruces contra la realidad.
—Mi padre dice que en Europa antes era así —replicó Irene, mirando las luces de los drones que patrullaban el exterior—. Dice que existía algo llamado «Seguridad Social».
—¡Leyendas, Irene! —Santiago se sentó frente a ella, buscándole su mirada—. Piénsalo. ¿Quién iba a pagar los sueldos de los médicos? ¿Quién iba a comprar los respiradores? ¿De dónde salía el dinero si los enfermos no pagaban? Económicamente, no tiene sentido. Me pasé tres horas explicándole a Nico que para que una aspirina llegue a tu mano, tiene que haber un seguro médico, un laboratorio que lo comercialice, un margen de beneficio, un inversor de riesgo. Si le quitamos el valor a la salud, la salud deja de existir. Es la ley del mercado.
— Tu padre le está llenando la cabeza de ideas sobre «derechos» que no están respaldados por activos financieros. Y lo peor no ha sido lo de los médicos. Lo peor ha sido lo de las carreteras.
—¿Las autovías?
—Sí. Le ha dicho a Nico que antes podías conducir durante horas sin que el coche detectara un micropeaje cada cinco kilómetros. Que había carreteras «públicas». ¿Te imaginas? Kilómetros de asfalto mantenidos por arte de magia, abiertos a cualquiera, incluso a los que no tenían saldo en su cuenta de movilidad. Es absurdo. Si no hay peaje, ¿cuál es el incentivo para que la carretera sea segura? Nico me preguntó si podía ir en bici hasta la sierra. Tuve que explicarle que solo los abonados de Nivel Oro tienen acceso a las rutas interurbanas.
Irene se levantó y caminó hacia la cocina. El dispensador le cobró 0.05 créditos por un vaso de agua filtrada. El pequeño clic del cargo en su cuenta personal que emitió su reloj resonó en el silencio.
—A veces me pregunto si no seremos nosotros los locos —dijo ella, dándole un sorbo al agua—. Me estoy acordando de tu amigo Andrés. Mi padre me contó que cuando era joven, si perdías tu empleo, el gobierno te daba dinero para que pudieras comer mientras buscabas otro. Lo llamaban «prestación por desempleo».
Santiago se levantó de un salto, visiblemente alterado. —¡Andrés fue un valiente, Irene! ¡Se quitó la vida porque perdió su empleo y no pudo sacar adelante a su familia! No quiso ser una carga para nadie. ¡Eso del desempleo es un insulto al esfuerzo personal! —exclamó—. ¿Pagarle a alguien por no trabajar? ¿De dónde sacaban ese dinero? ¿Del bolsillo de los que sí trabajaban? Es un robo institucionalizado. Menos mal que El Partido terminó con esa tiranía. Ahora, si no eres productivo, el mercado te lo indica y tienes la libertad de reinventarte o de aceptar un contrato de subsistencia. No hay nada más justo que el valor que el mercado te asigna en cada momento.
—Él dice que había algo llamado «jubilación» —insistió Irene, ignorando el arrebato de su marido—. Que cuando llegabas a una edad, dejabas de trabajar y recibías una pensión mensual. Para siempre. Hasta que te morías. Sin necesidad de haber acumulado un fondo de inversión privado.
Santiago se rió, esta vez con una nota de lástima.
—Irene, cariño... tu padre está perdiendo el juicio. Una «pensión pública» es un esquema Ponzi de manual. Es económicamente imposible que un país se mantenga regalando dinero a gente que ya no es productiva. Por eso él está aquí, viviendo de nuestro excedente de crédito, porque no fue capaz de diversificar sus ahorros en su juventud. Si no fuera por mi ascenso en el Departamento de Eficiencia Gubernamental, tu padre estaría en un centro de reciclaje social o en una colonia de bajo coste en la periferia.
—Él trabajó cuarenta años, Santiago. En una cosa que llamaban «Universidad Pública». Era profesor. Dice que la educación tampoco se pagaba por tramos de excelencia. Que todos los alumnos, ricos y pobres, iban a los mismos sitios a aprender las mismas cosas.
—Y por eso Europa se hundió en la mediocridad —sentenció Santiago—. La educación es el activo más valioso. Si no compites por ella, si no pagas por los mejores algoritmos de enseñanza, no hay progreso. Nico tiene que entender que cada minuto de su tutoría por IA está siendo financiado por nuestro esfuerzo. Si cree que el conocimiento es un regalo, dejará de esforzarse. Se volverá... un parásito. Como esos que tu padre describe en sus historias de terror socialdemócrata.
Irene dejó el vaso vacío sobre la encimera. Se acercó a su marido y le puso una mano en el hombro.
—¿Y si fuera verdad? —susurró—. ¿Y si realmente hubo un tiempo en que la gente se cuidaba entre sí sin que mediara una transacción financiera por cada respiración? ¿Y si las cosas que cuenta no fueran fantasías, sino el recuerdo de algo que destruimos porque nos convencieron de que era imposible? ¿Y si fuera cierto que, con el esfuerzo colectivo, un Estado podría cuidarte en lugar de ser explotado por una multinacional?
Santiago la miró con una mezcla de miedo y severidad.
—Esa forma de pensar es la que nos llevaría de nuevo al desastre, Irene. Lo sabes igual que yo. Los Estados colapsaron porque no era posible construir el orden sin un soberano. Porque la seguridad es más importante que la libertad. Porque no había legitimidad sin espada. No vuelvas a decir eso delante de los sensores de la casa. Si el sistema de crédito social detecta tendencias «colectivistas», nos bajarán el rating. Perderemos el seguro de salud premium. ¿Quieres que Nico crezca en las zonas bajas, respirando el aire putrefacto de los que no pueden pagar el canon de atmósfera?
Irene bajó la cabeza. El miedo, ese motor silencioso de su sociedad, hizo su trabajo.
—No —respondió en un hilo de voz—. Por supuesto que no.
—Entonces mañana hablaré con el abuelo —dijo Santiago, recuperando, su tono de voz profesional y aséptico—. Le diré que, si vuelve a mencionarle a Nico los «hospitales gratuitos» o las «pensiones estatales», tendré que pensar en su reubicación. No puedo permitir que corrompa el sentido de responsabilidad financiera de mi hijo. Nico tiene que ser un tiburón del mercado, no un soñador que espera que un «Estado» inexistente venga a sacarle las castañas del fuego.
Santiago se volvió hacia su holograma de finanzas, dando por terminada la conversación. Irene regresó a su silla junto a la ventana. Miró hacia la habitación de su hijo y se imaginó al anciano, sentado al borde de la cama de Nico, susurrándole palabras prohibidas como «compasión», «solidaridad», «bien común» o «bienestar social».
Palabras que, en ese mundo de contratos inteligentes y deudas hereditarias, sonaban como los nombres de dinosaurios mitológicos de una era olvidada.
—¿Sabes qué es lo más increíble que le ha contado hoy? —dijo Irene, rompiendo el silencio por última vez.
Santiago no levantó la vista de sus gráficos de cotizaciones.
—¿Qué?
—Le ha dicho que antes, cuando llovía, el agua que caía del cielo no pertenecía a ninguna empresa. Que podías salir a la calle, abrir la boca y beber sin que nadie te enviara una factura al final del mes.
Santiago se detuvo un segundo. Sus dedos dudaron sobre la interfaz táctil. Por un instante, una chispa de algo parecido a la nostalgia, o quizás al asombro, cruzó sus ojos. Pero fue solo un parpadeo.
—Espero que Nico no le haya creído —murmuró Santiago—. Todo el mundo sabe que el ciclo del agua requiere una infraestructura de purificación con costes operativos altísimos. Beber lluvia... qué estupidez. Se habría muerto de una infección bacteriana en una semana. El pasado era un lugar salvaje y desorganizado, Irene. Menos mal que el mercado puso orden.
Santiago cerró su sesión y la luz azul desapareció, dejando el salón en una penumbra artificial.
—Mañana sin falta —repitió él—. Hablaré con él. Es por el bien de la familia. Es una decisión racional.
—Déjalo para otro momento, Santiago. Mañana es el Día del Padre.
Irene había oído todas las historias de su padre cuando era pequeña. Se quedó mirando la oscuridad del exterior, preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que ella misma olvidara que un día, hace mucho tiempo, en algún lugar lejano llamado Europa, durante algunas décadas, un grupo de países se unió bajo los principios de la libertad, la democracia, la igualdad, los derechos humanos. la justicia y la solidaridad. Que decidieron que las diferencias entre los países podían dirimirse hablando, que se debía protegía a los débiles, que se podía confiar en el poder de la ciencia y que se tenía que cuidar la naturaleza para dejar a nuestros hijos un mundo mejor.
O quizás fueran todo mitos y leyendas.
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