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Reflexiones desde la ventana

El estigma del atraso y la dignidad de Extremadura

El estigma del atraso y la dignidad de Extremadura

Francisco Mateos Cotrina

Extremadura avanza, pero despacio. A pesar de los avances experimentados en cuatro décadas, arrastramos un diferencial económico negativo respecto al resto de España debido a ... desequilibrios estructurales. Pero la supuesta pasividad del pueblo extremeño, que a menudo se nos atribuye desde fuera, no es el motivo del histórico retraso de la región.

El dolor del estigma

Personalmente, me duele escuchar esa aseveración simplista y condescendiente que sostiene que Extremadura continúa exactamente igual que hace cuatro décadas y que los extremeños hacemos poco por solucionarlo. Seguimos a la cola de la mayoría de los indicadores socioeconómicos respecto al resto de España, pero culpabilizar a los extremeños de su propio atraso acusándolos de apatía, de pasividad generalizada, de someterse dócilmente a la explotación, de la dependencia de los subsidios o de sostener sus vidas al amparo de la economía sumergida es injusto y falso.

La culpa del atraso histórico de Extremadura no recae en su gente. Al menos no en la inmensa mayoría de los ciudadanos, y muchísimo menos en aquellos que han optado por quedarse en su tierra desafiando el camino de la emigración y aportando su esfuerzo para que Extremadura progrese.

Quienes, desde la distancia, perpetúan el estigma del «extremeño indolente» ignoran a miles de familias que sostienen el tejido productivo y social de la región en condiciones adversas. Harían bien en reflexionar sobre el tamaño de la injusticia histórica cometida contra esta tierra: una herida tal, que ni cuatro décadas de autonomía ni millones de euros en fondos europeos han logrado cicatrizar.

La paradoja del progreso sin convergencia

Extremadura ha sido proveedora de materias primas, energía y mano de obra barata para el desarrollo de otras regiones. Tradicionalmente nos han negado las infraestructuras necesarias para nuestro desarrollo y siempre nos han privado tanto de los centros de decisión estratégica como de los beneficios empresariales de un sistema económico extractivo que vacía nuestros pueblos, agota nuestros recursos y modifica nuestros paisajes naturales.

La falta de convergencia de Extremadura con España no obedece a un rasgo de carácter colectivo, sino a condiciones macroeconómicas y geopolíticas históricas y a una clase política que, desde la puesta en marcha del Estatuto de Autonomía en 1983, se ha demostrado incapaz de revertir el papel de Extremadura en la economía española.

Es innegable que Extremadura ha mejorado en los últimos cuarenta años. El salto cualitativo y cuantitativo que la región ha experimentado ha sido rotundamente espectacular. Sin embargo, la tragedia de la región radica en una dura paradoja: nuestro diferencial con el resto de España apenas ha disminuido en los indicadores clave. Hemos avanzado a ritmo firme, pero el resto del país lo ha hecho a mayor velocidad, impidiendo que ese esfuerzo se traduzca en convergencia real.

Los datos estadísticos confirman la persistencia de la brecha: siempre a la cola en los datos de PIB y siempre a la cabeza en las tasas de desempleo, seguimos perdiendo población a pesar de que en España, en su conjunto, se sigue incrementando.

El éxodo de talento joven representa una pérdida incalculable que lastra el crecimiento regional. A pesar del desarrollo de la Universidad de Extremadura, gran número de universitarios extremeños terminan transfiriendo su productividad a regiones más dinámicas, perpetuando el círculo vicioso del envejecimiento demográfico y la pérdida de competitividad.

Anatomía del poder regional

Nuestra región sigue dependiendo de un modelo agrario dominado por grandes propietarios latifundistas con explotaciones extensivas de escaso valor añadido y poca necesidad de mano de obra. Como potencia exportadora de energía, seguimos en manos de grandes empresas energéticas cuya sede fiscal reside fuera de Extremadura. Sufrimos el impacto ambiental de los tendidos y las instalaciones mientras los beneficios vuelan hacia Bilbao, Madrid o Barcelona.

Pero todos los males no vienen de fuera. Parte del empresariado regional está más centrado en asegurarse concesiones administrativas que en invertir en investigación e internacionalización. Y todo esto es consentido por una élite política y funcionarial cuyos incentivos están más alineados con el mantenimiento del sistema, que con la innovación estructural o con la defensa de los intereses de los ciudadanos.

Al poder político regional siempre le ha resultado más rentable y seguro administrar la subvención externa y mantener el control de la región que asumir los riesgos de transformar el modelo productivo. Nunca han corrido el riesgo de cuestionar a las corporaciones energéticas o comprometer la paz social democratizando el acceso a la propiedad y al capital mediante expropiaciones y una economía social potente.

La Extremadura viva que se rebela

Sin embargo, la ciudadanía extremeña no es una masa dócil e indiferente. En nuestra región existe una sociedad civil organizada y combativa, al margen de las estructuras de los partidos.

Sin olvidar el papel de asociaciones pioneras en la defensa de lo público como «La Germinal de Badajoz», actualmente existen multitud de asociaciones como la plataforma «Tren Digno ya para Extremadura», la «Asociación 25 de marzo», la plataforma «Refinería NO» de Tierra de Barros y organizaciones ambientales como «Adenex», «Fondenex» y «Ecologistas en Acción» que son ejemplo de organizaciones que se movilizan en defensa de la dignidad colectiva y la sostenibilidad ambiental.

Más cerca de nuestra ciudad, la «Asociación Vecinal de Garciaz», consiguió paralizar un proyecto de parque eólico que amenazaba el paisaje y la biodiversidad de la comarca. Y la plataforma Defensa del Berrocal de Trujillo, se ha caracterizado por defender nuestro milenario berrocal frente a las constantes agresiones patrimoniales y medioambientales.

Se puede estar más o menos de acuerdo con los planteamientos de estas asociaciones, pero son el ejemplo de que frente al inmovilismo institucional y al poder de las grandes empresas, existe una Extremadura con capacidad de movilizarse.

En el plano político municipal, más alejado de las estructuras de poder de los partidos, el panorama ofrece claroscuros. Junto a episodios deplorables de alcaldes o concejales ineficaces y salpicados por prácticas irregulares, existen inspiradores ejemplos de representantes que defienden con uñas y dientes los intereses de sus vecinos, impulsando polígonos industriales locales, creando cooperativas energéticas y financiando infraestructuras culturales y deportivas municipales. A veces, aprovechando el escaso dinero que dejan las grandes empresas energéticas.

El espejo de Noruega: administración soberana de los recursos naturales

Para romper con este esquema, Extremadura puede mirar a referentes internacionales de éxito. A mediados del siglo XX, Noruega era un país rural, económicamente atrasado. El hallazgo de petróleo en el Mar del Norte pudo haber derivado en el enriquecimiento de unos pocos. Sin embargo, la sociedad noruega creó un Fondo Soberano de Pensiones financiado con los ingresos de la venta de petróleo. El fondo sirvió para financiar servicios públicos, infraestructuras, investigación y bienestar común.

Como gigante de la producción energética, Extremadura podría constituir un Fondo Soberano Energético Regional alimentado por un canon a la producción de renovables, canalizando esos recursos directamente hacia la educación, el I+D regional o la reducción de la factura eléctrica de pymes y familias.

La lección de Mondragón: el trabajo sobre el capital

Por otro lado, la Corporación Mondragón puede ser para Extremadura un modelo inspirador para una estructura socioeconómica como la nuestra. Surgido en la década de 1950, el modelo cooperativo de Mondragón demostró que es posible construir un gigante industrial, financiero y del conocimiento basándose en la economía social, donde la soberanía de la empresa reside en los socios trabajadores y el trabajo se sitúa sistemáticamente por encima del capital.

Si Extremadura pudiera aplicar los principios de la economía social articulando potentes cooperativas agroindustriales que, además de recoger la materia prima, procesen y comercialicen el producto final, contando con el apoyo financiero de entidades de crédito regional y transformando a los trabajadores en socios corresponsables del destino de su empresa, estaríamos mucho más cerca de frenar la despoblación y garantizar que las ganancias se redistribuyan de manera justa en la región.

La fórmula del cambio: una responsabilidad compartida

Construir una Extremadura próspera y justa está, en gran medida, en nuestras propias manos. Por una parte, el futuro regional seguirá dependiendo de decisiones foráneas que apuesten por la inversión en industria e infraestructuras, pero también requiere y el compromiso por parte de todos los estamentos de la sociedad civil extremeña.

En primer lugar y el más importante, los representantes políticos deben priorizar los intereses de la ciudadanía frente a los grandes grupos corporativos y financieros, impulsando la economía social y garantizando una financiación autonómica justa centrada en la redistribución de los beneficios energéticos en un fondo común. A este esfuerzo debe sumarse una función pública eficiente que simplifiquen los trámites burocráticos y eliminen el clientelismo, actuando como facilitadores de proyectos comunitarios y sostenibles.

La clase empresarial debe centrarse en abandonar la cultura de la subvención y centrarse en modelos que favorezcan la formación continua, la digitalización y la transformación industrial o agroalimentaria en origen que aporte valor añadido.

Finalmente, debemos contar con el compromiso del talento joven, cuya apuesta por estudiar en la Universidad de Extremadura (UEX) y desarrollar iniciativas emprendedoras o cooperativas en sus comarcas es indispensable para transferir innovación y fijar el conocimiento en el territorio.

Día de Extremadura, la dignidad de un pueblo que exige su futuro

Al conmemorar el Día de Extremadura, no debemos reunirnos para cultivar la nostalgia ni para resignarnos ante las estadísticas que nos relegan al vagón de cola de la economía. Hagámoslo para celebrar, por encima de todo, la dignidad de una tierra viva que se resiste a ser invisibilizada.

No somos una región derrotada, ni un territorio para la explotación. La deuda histórica que España tiene con Extremadura no se salda con sermones ni promesas electorales. Se salda reclamando infraestructuras estratégicas, priorizando el trabajo sobre el capital y repartiendo de forma equitativa la riqueza energética generada en nuestros ríos y campos.

Ni somos ciudadanos de segunda ni simples espectadores de nuestro destino. El avance de Extremadura no se medirá por el porcentaje de PIB, sino por nuestra capacidad para alzarnos con voz propia, romper las cadenas del inmovilismo socioeconómico y construir entre todos el futuro próspero que nos pertenece por derecho.

¡Viva Extremadura digna, cívica y libre!

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