Julio Bravo / hoy

Educación y 'El juego del calamar'

«El argumento de la mayoría está de acuerdo no puede ser un cheque en blanco para actuar de forma contraria a lo que dicta la razón y el sentido común»

JULIO BRAVO

Decía San Agustín allá por el siglo IV que lo correcto es lo correcto aunque nadie lo haga y lo incorrecto es lo incorrecto incluso si todos lo hacen. El problema estriba en que cada persona tiene su propio concepto de qué es correcto y qué es incorrecto. Es más, en numerosas ocasiones se reafirman periódicamente gracias al poder que tienen las redes sociales donde todo se reduce a un tuit, a una imagen o a un meme y en donde algunos creen que todas las opiniones son igual de válidas. Es decir, tiene el mismo valor la opinión de un adolescente sin capacidad para encauzar su propia vida que la opinión de un premio Nobel en educación. Parece una obviedad decir que no a semejante afirmación, pero para muchos fanáticos de las redes sociales, no es tan sencillo.

Decía Jorge Valdano que de carne entiende el carnicero, de pescado el pescadero y de fútbol los entrenadores de fútbol. Y algunos se ofendieron ante tal afirmación irrebatible. Como si fuera un agravio reconocer el valor de los profesionales expertos en una materia. El gusto por conocer debe contraponerse al culto a la ignorancia y en esta línea, las redes sociales han producido un efecto devastador. Con las redes sociales han cambiado muchas cosas. Una de las consecuencias de la facilidad para acceder instantáneamente a la información es el menosprecio por la memoria y el deterioro del valor del que sabe. De educación saben los maestros y los profesores, pero es obligatorio que el resto de la sociedad se implique de una manera clara en el día a día de este proceso, que todos los partidos políticos defienden como esencial para construir una sociedad mejor. Obviamente, cada uno de ellos considera diferente como se debe llegar a ese objetivo.

Observo con asombro y estupor cómo la serie más exitosa de la historia de Netflix en su primera temporada, 'El juego del calamar', está siendo visualizada por una gran mayoría de adolescentes, incluso niños menores de doce años. Un gran porcentaje de los alumnos de mi entorno ha visto la serie o están en proceso. Se han batido todas las marcas de visualizaciones, datos de navegación, venta de artículos relacionados con la serie. Ya sucedió, aunque quizás de menor manera con la Casa de Papel. En muchas ocasiones con la bendición de los padres, por ignorancia, comodidad o dejadez, o por la unión de las tres juntas, vaya usted a saber. Una serie, que la propia productora sintetiza en las palabras violencia, desnudos, suicidios, miedo, angustia, sexo. Mayor es mi asombro al corroborar que en varias redes sociales hay docentes que presumen de utilizar el contexto de la serie para realizar actividades educativas, desde diferentes áreas, como Educación Física o Matemáticas. Actividades innovadoras lo llaman. Nuevamente, como si la innovación fuera una virtud en sí misma. Juegos adaptados, que pretenden ser educativos, pero basados en un contexto absolutamente ilógico desde cualquier prisma docente.

La serie, sin hacer spoiler, tiene un éxito arrollador porque la trama está genialmente construida, la estética es adictiva, la banda sonora está en perfecta sintonía con cada escena, cada plano secuencia tiene una finalidad que llega directamente al espectador y nos abre la puerta a debates muy profundos e interesantes cómo los límites de la libertad individual, el precio de elementos intangibles como la vida humana o la influencia de la fortuna en el transcurso de tu vida. Cuestiones alejadas de la madurez de un niño de 8 años.

Un argumento recurrente para defender la visualización de la serie es porque todo el mundo lo hace. Como si el número de quienes lo realizan fuera un argumento plausible para determinar que es correcto y que es incorrecto. San Agustín, en una frase corta pero lapidaria, deja claro el posicionamiento. Cuando me dicen que todos están de acuerdo en algo siempre recuerdo el mismo acontecimiento. Rememoremos el discurso del Sportpalast del ministro de propaganda del tercer Reich en 1943 cuando preguntaba a los asistentes, más de 15.000 personas, que podían elegir, entre capitulación o la guerra total. Considerado como uno de los mejores discursos de Joseph Goebbels la respuesta abrumadora y estruendosa de los asistentes fue la guerra total. Todos decidieron por la guerra total. Vítores y aplausos para el interviniente. Pero dos años después, fueron conscientes del disparate que supuso. La mayoría no tiene por qué tener razón. Que todos tus amigos vean una serie no implica per se que eso sea una buena idea. Que algunos padres permitan que sus hijos accedan a este tipo de contenidos sin supervisión puede no resultar educativo. Es la archirepetida frase de nuestras abuelas de tirarse a un pozo. Pues décadas después, sigue estando presente.

Para ilustrar que la mayoría no tiene por qué estar en lo correcto siempre planteo la siguiente hipótesis. Imaginen ustedes que un profesor va de excursión con 20 alumnos de 18 años. Casualmente el profesor se encuentra un billete de 20 euros y decide dar un euro a cada alumno. 19 alumnos deciden comprar un refresco y un alumno decide prescindir del refresco y jugar ese euro a la lotería. El azar quiere que ese boleto tenga un premio de 20 millones de euros. El resto de alumnos se entera y deciden votar, en unas elecciones democráticas, para ver cómo utilizar esos 20 millones. La propuesta es repartir un millón para cada uno de los alumnos. Si hacemos la votación es más que probable que haya 19 votos a favor de repartir el dinero del premio entre todos los alumnos y un voto en contra de hacerlo, seguramente del propietario del boleto premiado. El 95% de la gente ha votado que sí, que se reparta el premio. Mayoría democrática abrumadora. Con todo, no se respeta la propiedad privada del dueño legítimo de los 20 millones de euros. No es correcto, por mucha mayoría absoluta que disponga lo contrario. El argumento de la mayoría está de acuerdo no puede ser un cheque en blanco para actuar de forma contraria a lo que dicta la razón y el sentido común.

Lo mismo sucede con algunos docentes y padres y madres que se amparan en la mayoría para justificar determinadas acciones. Defiendo con vehemencia la libertad del docente para elegir cómo impartir el currículum estipulado pero también es cierto que debe haber un control por parte del resto del departamento docente, del claustro y de los progenitores y tutores legales. Es importante que la actividad docente sea visible fuera del ámbito educativo, no sólo porque se multiplica el valor de la propia tarea si no porque muchas veces ayuda a sensibilizar e implicar al resto de la sociedad. No todo vale en educación, y no todo es educativo. La educación es una tarea de todos y entre todos debemos llevarla a cabo.