Reflexiones desde la ventane

Dulcinea del Toboso, o del amor ideal como primer motor

LAURA CASADO PORRAS

El amor ideal puede llegar a ser una trampa, pero ahí sigue moviendo molinos de viento como solo los grandes ideales son capaces de hacerlo. No hubiera existido Rocinante, el rocín más ilustre de nuestra patria, amado y laureado por la literatura universal, si Dulcinea no se hubiera aposentado firme en los cimientos mentales del Caballero de los Leones ni en el corazón tierno del rostro triste de nuestro caballero andante más sagaz y aventurero.

La ausencia de la dulcísima Dulcinea da velas a la imaginación de un enamorado que lejos de la locura necesita de su amada para instalarse en la cordura; sin ella no habría tenido tanta facilidad para dar principios a sus buenos deseos: ni se hubiera armado caballero ni hubiera cabalgado por el viejo campo de Montiel al despuntar la rosada aurora. Don Quijote, en un intento de metamorfosis física y espiritual se deshace de sus viejas vestiduras; de su viejo nombre y del de su señora por no estar a la altura del ideal de perfección que alimenta su sangre y que le empuja a transcender la realidad más insustancial. Y a pesar de que no se trata más que de una loca o cuerda quimera encuentra en su cautivo corazón el único consuelo para emular al reputado Amadís de Gaula y conseguir ser un caballero digno de la señora de sus pensamientos: de la princesa Dulcinea. Encanto sin igual que perfila su carácter y mantiene preso a su fracturado corazón del afán de los más altos propósitos.

Dulcinea del Toboso, o el amor platónico e ideal como primer motor dan vida a una serie de acontecimientos que derivan del ideal de perfección del ser enajenado. Y es ahí, en esa posible enajenación donde reside la magia o disparate del amor: en tener esa única capacidad de avivar a la simiente verdadera en virtud de un destino ilimitado. Mas no podemos olvidar que también puede convertirse en la trampa más cruel jamás inventada: el enajenamiento por encantamiento del amor deja heridas profundas e imponderables. ¿Debemos ver trascendencia eterna o burla al amor idealizado e inexistente en la figura de la Señora de la Mancha? Me asiste la duda, pero lo cierto es que es propio de todo caballero andante estar enamorado, sufrir por la ausencia del ser ensalzado como propio es 'cielo tener estrellas'.

Mientras la imaginación crea una escultura idéntica a nuestros valores y arquetipos, la realidad nos desvela que el misterio del amor puede desvanecerse cuanto más nos acercamos a la persona idealizada. Solo en el laberinto de sus recodos mentales, Don Quijote mantuvo a salvo por toda la eternidad a la hermosa y honesta Dulcinea. ¿Puede llegar el amor desvelado a ser semejante al viejo paradigma platónico del amor romántico y universal?

La grandeza de Dulcinea, más allá de su hermosura que emana de sus ancestrales virtudes y de sus educadas costumbres que reflectan tanto la proyección del amado como el reflejo del ideal noble de la época, reside en haber logrado que el mito del amor martirice al hombre a la vez que lo salva de la más triste de las realidades: la invertebrada soledad que desvela el aleteo incierto del camino. Belleza o perfección, en la caverna platónica se engendró la simiente que adormece a los más románticos pero que impulsa con firmeza a los más osados. Porque lo cierto es que sin el resplandor imaginario de la Emperatriz de la Mancha no habría entuertos que enderezar ni agravios que desfacer. Nuestro ilustre hidalgo, quien mejor que nada ni nadie representa la idiosincrasia española, conoce la contrariedad del amor al referirse a su amada en una carta con esta sentencia incisiva: «¡Oh bella ingrata, amada enemiga mía!». El amor tampoco se salva de la contradicción vital. Solo el amor que no se posee se idealiza mas el amor idealizado tortura. El amor ideal nos libera de la angustia de la vida pero nos enajena y nos mortifica siempre que nos hallamos en ausencia de la creación que mejor nos representa. No miramos con los ojos del ser a quien amamos; miramos con nuestra alma, y con todo el psiquismo que irradia nuestra luz. Obsesión la del amor que alcanza arenas patológicas de difícil tránsito, pudiendo llegar, inclusive, a arruinar la percepción real del recuerdo.

Nuestro corazón es el órgano volitivo por excelencia, a él le debemos la construcción de nuestra personalidad. El corazón, cual margarita caprichosa que reside en los subterfugios más remotos de nuestra personalidad, elige y descarta según la interpretación que nos hemos construido del mundo; según hemos sido capaces de aniquilar, en nuestro beneficio o no, a las diversas caras de nuestros yoes, y según sean nuestras emociones: sostenibles o no, libres o soterradas. Nuestra realidad, es única y fiel reflejo de nuestras pasiones, de nuestra voluntad y de nuestras sombras, que todos, sin excepción, tenemos. Estructura embrionaria que da fe de nuestro temperamento que mucho, me temo, tiene más de constructo cultural y menos de autoconocimiento y lealtad para con nosotros mismos. El principio del amor consiste en amarse a uno mismo para después comenzar a DAR a los demás.

Nuestra fantasía del viejo sentimiento romántico sigue alimentando el paradigma del amor en nuestra época; lo hemos visto representado en la cultura durante siglos y hemos creído con firmeza en merecer tal prerrogativa por muy volátil que sea. Quizá la realidad se nos antojaba descafeinada y autocrática en su embestida que hemos tenido que ir a buscar lejos lo que poseíamos desde el principio muy adentro. Fijar la atención en lo otro nos descentraliza, pudiendo llegar a perder el centro gravitacional de nuestro eje. Pero algún misterio debe de haber, algún encanto no desvelado o no resuelto en las flechas de temible cupido cuando martiriza y alimenta por igual a dos ciegos que, sin elección, se empeñan en fabricar la más preciosa de las catedrales: la postergación de uno mismo para entregarse al otro con lealtad eterna, un ejercicio de gratitud infinita; pero que a su vez es reflejo cristalino de la objetivación más desolada, alienada, y penumbra clara del fracaso para con uno mismo. La armonía y su contrario se necesitan para restablecer el equilibrio

Pero no todo está perdido, sería absurdo si lo estuviera; aún quedan esperanzas en el horizonte que lejos de soportar cualquier carga económica derivadas de un hecho contractual dinamite las alas de un mito que ha trascendido más allá del tiempo y del espacio. Aún quedan motivos para creer en la fuerza del amor como primer motor: una caricia sincera acerca a dos tierras desemejantes y por un instante, bello y preciso como la incertidumbre, consigue paralizar el mundo; por ello, el amor es el fantasma más digno de ser amado. Aun sabiendo que nadie merece más nuestro amor que nosotros mismos.