Crónica veraniega de un pueblo

El cumpleaños

JOSÉ CERCAS

El verano camina, no pierde sus pasos de calor que lo invade todo. Nos acomodamos en las sombras y procuramos estar lo suficientemente hidratados. Se acercan, lentas, pero con firmeza, las luces pardas del otoño. Pero, más que nos pese, estamos en su inevitable camino.

Me llaman por teléfono, es un amigo que cumple sus años en verano y en agosto. ¡Que original!

Oye, Pepe que esta noche te invito a cenar en la piscina, espero que vengas. – En el chiringuito del lugar, al fresco de la brisa que viene de la laguna, bien está, pienso-.

Poco a poco pasa el tiempo, baja la luz de la atardecida y el persistente calor de este verano. En la terraza me encuentro con otros amigos que esperan en la misma mesa, la misma fiesta. Estamos preparados, la noche interpreta su prosaico desenlace crepuscular. Esperamos al anfitrión, unas cañas nos hacen más liviana la espera. Feliz cumpleaños, amigo. La vida con sus tardes continua su camino. Estamos en ello.

Mientras esperamos cae la tarde

La noche lleva en su caballo de bronce

el último gesto del día;

sobre un manto de trigo

la luna comienza su jornada de astro.

Es así, por tanto, como el tiempo

mece su objetivo crepuscular.

La tenue silueta de una farola,

alarga su sombra por la calle

y es entonces cuando llueven las letras

en las últimas súplicas del ocaso.

Es entonces cuando tiritan

los besos que nunca te di,

Es entonces cuando mis manos otoñales

buscan, en el cuenco de sus palmas,

los senos de la aurora.

Es así como muere la tarde,

centellea de pronto el poema

en el efímero reino de los astros

y llueven soledades en tu boca

y llueven recuerdos en la mía.

La tarde besa la tierra

con su último hálito de vida.