Laura Casado Porras

Reflexiones desde la ventana

La cuadratura del círculo

«Es posible que este año comencemos a sanar como civilización si comenzamos a cuidar lo más importante y lo más bello que poseemos: nuestro interior»

LAURA CASADO PORRAS

Quedan pocos días para que la tierra finalice su vuelta al sol anual. A estas alturas de diciembre ya estamos deseando comenzar un nuevo año, un nuevo ciclo, dar una nueva vuelta alrededor del astro solar y que ésta nos sea propicia, y magnánima. Mas ya hemos caminado lo suficiente como para saber que cada progreso arrastra en su mismo eje la complejidad; dentro de la problematicidad que conlleva el vivir, los años nos revisten de experiencia y es esta experiencia la que atenúa de forma considerable cualquier abismo de dificultad vital, y la que aparta del chaos primigenio la telaraña que nos impide comprender la sincrética armonía que subyace en la estructura latente, la misma que hará que nos encaminemos hacia un nuevo orden; que descubramos nuevas experiencias y una senda distinta.

2022 suena melódico y acérrimo en su implicación para nuestro devenir. Es un número redondo que en su igualitaria triplicidad numérica rebosa enigma y pura decisión. Es posible que en él encontremos la cura a nuestros males como civilización; y quizá también es factible que, en este nuevo año, aprendamos amar en la verdad, libres ya de cosas inservibles y de ideas que constriñen a las facciones más ignorantes del globo. El odio y la ignorancia son hijos del mal; el amor es la ley suprema, no necesitamos saber nada más. Conviene recordarlo para que no se nos olvide.

Ahora es tiempo para hacer balancear a los pasados meses en una suerte de equilibrio neutral que consiga coronar a cada una de nuestras acciones hacia adelante; hacia el progreso que es la exigencia misma de la vida. Si no nos bañamos dos veces en un mismo río, como nos hizo ver Heráclito de Éfeso, tampoco seremos nunca más aquellos que fuimos, o creímos ser ayer. El pensamiento vive; vibra en la frecuencia de nuestros sueños y pasiones, y crece a raíz de la misma fuerza que emana del corazón. Son estas pequeñas grandes cosas las que deberían importarnos y de las cuales tendríamos que estar nutridos de su gracia; sin embargo, albergamos la esperanza de encontrar nuestro rostro en la materialidad inservible, y mientras nos ahogamos con esta realidad arrastramos nuestra caricatura en la misma farsa que nos hacer perder la razón de nuestra vida y de nuestra esencia. El mejor perfume que podemos regalarnos es atrevernos a desvelar nuestra verdadera fragancia. Sin miedo. Sin cobardía. Sin demora.

Hay quien ve la vida como un quantum predecible; otros la ven como una manzana que hay vender o que morder en el filo de la grieta de los ecosistemas; la vida es una célula victoriosa que consigue, dentro del determinismo, sobrevivir y aullar en la noche de la auténtica esperanza. Nadie nos enseña a vivir como nos enseña la vida; no hay lecciones más importantes como aquellas que aprendemos cuando nos atrevemos a vivir lejos del miedo y de la mano de nuestra verdad. Debajo de tantas máscaras nómadas, se esconde la muerte en la fragilidad del quietismo errático, se pudre el alma cuando nos impedimos investigar sobre quiénes somos y cuál estrella nos ilumina.

Dicen los matemáticos que no es factible realizar sin error la cuadratura del círculo, pero ahí afuera acaba de presentarse el invierno con su ternura de seda. Con él han llegados las fértiles lluvias engendradoras de vida, y caminando lentamente por la misma senda espaciotemporal emergerá de su seno silencioso la bella y eurítmica primavera que ya ha nacido en lo más profundo del bosque. Sin necesidad de escuadra ni compás no es posible realizar el cuadrado perfecto sin salirnos del círculo. No es cuestión de hacer equilibrismo geométrico ni de morir en el intento, tan solo atañe al silencio interior descubrir la comunicación espiritual entre las matemáticas, la música y la poesía; cuando adviene la brillante gema en una suerte de comunión omnímoda, entonces, aparte de conseguir cuadrar la vida, conseguimos entender el enigma que subyace en el dodecaedro de nuestro destino: tanto la libertad como la belleza, el valor y el amor son claves para resolver el enigma en el que se ha transformado nuestro camino. RENACER. Ese es el gran misterio de la navidad y de la vida. Renacer siempre, y con mayor fuerza cuanto más penetrante sea el polvo de nuestras cenizas.

Cuando más nos hallamos despojados de la luz, hundidos en las tinieblas invernales, es cuando comienza a resurgir el sol, invicto siempre, que clarea nuestros sentidos y esperanzas. ¿Hay algo más tangible y real que sentir que a la noche laberíntica de las sombras le sigue un altar de estrellas construido con nuevas oportunidades que amanecen con el impulso de nuestra voluntad?

Es posible que en este nuevo año podamos unificar la teoría general de la relatividad con la teoría de los quanta, quizás ambas son el yin y el yang del universo; una suerte de claroscuro que equilibra a la figura más perfecta dentro de la geometría: el círculo, con el ser humano. Nos es más que necesario conectarnos a la misma energía de la tierra para comprender el latido del universo, y una vez comprendido éste, enterrada cualquier superstición dogmática y la charlatanería económica, consigamos unificarnos a nosotros mismos en una suerte de despertar glorioso. Paul Valery dijo que tuviéramos paciencia, que «cada átomo de silencio es la posibilidad de un fruto maduro». Un átomo de amor no vibra igual que un átomo de odio; la luz de ambos átomos es de una cualidad diferente, también diferente es su vibración y su campo magnético. Atraemos aquello que irradiamos; la bondad se engendra a sí misma, y la maldad se corrompe en su ciega negligencia.

Es posible que este año comencemos a sanar como civilización si comenzamos a cuidar lo más importante y lo más bello que poseemos: nuestro interior. Si somos capaces de entender cuál es el latido que estamos emitiendo como sociedad comprenderemos que todos estamos implicados en sanar a la frecuencia que emitimos conjuntamente. Primun no nocere. Y, después, amar, amar a la vida, y a la naturaleza y entender que somos parte consustancial de ellas y que ellas son parte del círculo universal; y que el todo se llena con ellas.