mARÍA vICTORIA PABLOS LAMAS

Reflexiones de la ventana

De corazón

MARÍA VICTORIA PABLOS LAMAS

Cabe mucho lenguaje fuera de las palabras.

Las personas tenemos un misterioso modo de comunicarnos. Lo hacemos hasta cuando estamos dormidos de modo involuntario.

Comunicarnos siempre implica descifrar la energía contenida en los ojos y los silencios, determinantes para alcanzar la verdadera importancia de los hechos.

A veces pienso en el sorprendente modo de crecer que tenemos: Si cierro los ojos... estoy segura de sentir cómo coexisten en mi interior la niña que fui y la mujer que soy. Reconozco a mi versión adolescente hablando desde mi yo interior en muchas ocasiones. Sólo puedo sonreír mientras sucede. Juntas permanecemos dotando los problemas de atención minuciosa. Tengo una profesión increíble que me deja cada nueve meses en un viaje perpetuo en la plena la adolescencia. Las clases me regalan torrentes de luz y chispazos de sombras.

En la mirada de muchos de mis alumnos y de muchos de mis compañeros caben universos inimaginables. En su mirada, la de ustedes, también.

Todos han sido niños antes que ahora, aunque, algunos se dejan ver y otros se esconden.

Les quiero hacer pensar sobre la importancia que cobra una comunicación sincera, a corazón abierto donde la persona muestra el alma palpitante, sin mostrar miedo: aún recuerdo los ojos de mis alumnos el curso pasado mientras yo le expresaba lo feliz que me hacía sentir el reconocimiento y la energía incondicional de las personas, la suya en particular, durante aquel curso.

Ellos no sabían en ese momento todo lo que yo después les iba a echar de menos. Ni yo sé aun cuántas veces me va a dar fuerza ese valioso recuerdo unido a otros muchos del curso pasado. Donde la vida te impone soltar amarras de vez en cuando, no te queda más remedio que atesorar momentos: «Donde no habrá nada, habrá un todo».

No todas las personas tenemos la misma vivencia ni la misma huella emocional ante el mismo hecho. Somos y entendemos la realidad de forma independiente y distinta. Y exactamente como sucede en música, hay riqueza en cada intención. Cada persona escribe su propia historia.

Volviendo a ese misterioso modo de crecer... Podría asegurar que empieza a cobrar protagonismo la adulta que soy, que me acerca más a las personas adultas que admiro y admiré en la vida, incluso también me recuerda que he perdido la posibilidad de conocer como yo quisiera a algunas personas gigantes que no están.

Raro o no, me gusta imaginar a mis alumnos el día de mañana, incluso cuando yo no esté. Ahora también me pasa con mis hijas. Sonrío porque recuerdo como sentía esa mirada de mi padre hacia mí y mis hermanos. Entiendo muy bien lo rápido que transcurre el tiempo.

Particularmente a los niños debiéramos considerarlos de otro modo. Nuestro impulso de evitarles daño no debe adormecer su autonomía: muchos niños esconden un pequeño sabio en sus ojos, sus cejas y sus manos. Y esa pasión que a veces nos asalta a través de abrazos y caricias... No me digan que no son pura magia. Recuerden: crecen tan rápido.

Así que piensen en todo esto y, si la vida no les está hablando, busquen: silencio, busquen momentos, pero, escuchen y háganlo más allá de las palabras... Q uizás descubran que detrás de lo que buscan fuera, hay un destino fuerte y resistente en el interior de cada uno de nosotros y desde la parada y el silencio, desde la aceptación y el cuidado, pero sobre todo desde el respeto a nuestra propia naturaleza. La vida se encarga de ponernos siempre donde debemos estar, aunque a veces nos cueste comprenderlo...

Especialmente dedicado a Beatriz Muñiz Matesanz y a Elsa Gómez Solís, pero, no me olvido de dedicárselo fundamentalmente a los que al leer sonríen: Gracias, por tanto.