Francisco Mateos

Reflexiones desde la ventana

Calentamiento global, el poder de la ciencia y la estupidez humana (I)

«Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo», afirmaba Albert Einstein.

Como en el mito griego de Casandra, las películas de desastres siempre comienzan con un científico ignorado por los políticos. Hoy en día, a pesar de que parece que los políticos escuchan a los científicos, a nuestros dirigentes aún les falta hacer algo más al respecto. Los científicos apremian para pasar ya a la acción. La ciencia puede hacer muchas cosas para salvarnos del cambio climático. Los ciudadanos debemos presionar para ello. El futuro de nuestros hijos está en juego.

Esquivando asteroides

Los científicos de todo el mundo están muy preocupados por la destrucción del radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico. Una mítica instalación astronómica que hemos podido ver en películas como Contact o en Golden Eye, de James Bond, que hace un año colapsó por problemas de mantenimiento y que actualmente está siendo desmontada para chatarra.

Para los que no lo conozcan, el radiotelescopio era una antena parabólica enorme, de 300 metros de diámetro que, si la pusiéramos en el centro de la Plaza Mayor de Trujillo, llegaría desde el Colegio Sagrado Corazón hasta el Parador de Turismo y desde la fachada del castillo hasta la iglesia de San Francisco.

Poca gente lo sabe, pero el radiotelescopio era una instalación crucial ya que una de sus funciones era la de servir de radar de alerta temprana de posibles impactos exteriores contra nuestro planeta. Bajo el llamativo nombre de Oficina de Coordinación de Defensa Planetaria ( www.nasa.gov/planetarydefense), la NASA ha estado trabajando en un programa de detección de meteoritos de gran tamaño que, sin el radiotelescopio de Arecibo, se queda sin uno de sus principales instrumentos.

El radiotelescopio ha sido utilizado también para la búsqueda de posible vida inteligente fuera de la Tierra. Aunque parece que, con estos antecedentes, lo que no está muy claro es si realmente hay vida inteligente en este planeta. El resultado es que, por dejadez y falta de mantenimiento, cualquier día podría aparecer un asteroide del tamaño de un campo de fútbol, estrellarse contra la Tierra y los dos años pandémicos que hemos padecido nos parecería solo un juego de niños comparado con la catástrofe de un impacto de ese tipo.

IPCC: Último aviso

Aunque tal cual van las cosas con el asunto del calentamiento global, seguramente no necesitemos radiotelescopios como el de Arecibo para poner a salvo nuestra civilización. Nos dirigimos nosotros solitos hacia la catástrofe, sin necesidad de asteroides interestelares. Por nuestros propios medios. Ahora mismo, estamos mucho más cerca de la extinción de la raza humana por las consecuencias del calentamiento global, que por el impacto de un asteroide.

El consenso científico es ya unánime. Estamos avisados, pero como los yonquis del petróleo que somos, no podemos dejar de producir dióxido de carbono ni de esquilmar los recursos de la Tierra, aunque nuestra propia vida dependa de ello.

Durante el mes de agosto de 2021, el Panel de Expertos para el Cambio Climático (IPCC), nos ha dado un nuevo aviso. Al contrario de lo que los seguidores de todo tipo de teorías apocalípticas han venido vaticinando, parece que finalmente el Juicio Final no va a ser un día determinado a una hora concreta, sino más bien un final a cámara lenta.

¿Y cuál ha sido la respuesta de la sociedad? Estamos mucho más preocupados por la finalización del contrato de Messi en el Barcelona, por ver las fotos de Anita Matamoros presumiendo de novio en la playa junto a Makoke, o por no perdernos la última serie de Netflix.

Los climatólogos nos dibujan un futuro muy complicado: deshielo de las zonas polares, elevación del nivel del mar, aumento generalizado de temperaturas, tormentas devastadoras, incendios forestales cada vez más incontrolables. El tiempo se acaba y mientras tanto, en una especie de suicidio colectivo programado, seguimos dejando nuestros vehículos en marcha sin necesidad, mezclamos los residuos sin preocuparnos de su reciclaje, gastamos toneladas de papel, dejamos encendidas las luces de la casa solo para que parezca que hay alguien dentro y seguimos regando campos de golf en zonas desérticas.

Y exactamente ¿cuál es el peligro?

No nos engañemos, el planeta no está en peligro. Lo que peligra es nuestra civilización y en última instancia, nuestra supervivencia como especie. En la escala temporal humana, un cambio climático de 1000 años es una catástrofe, pero a escala geológica, en la que los acontecimientos se miden en millones de años, nuestra huella en la Tierra no es más que un parpadeo en la existencia de un planeta con 4.500 millones de años.

Es más, a la Tierra le irá mucho mejor sin nosotros. En la zona de exclusión de Chernóbil, a pesar de la radiación, la vegetación se adaptó e invadió las calles en solo tres años y ahora, 35 años después, campan a sus anchas lobos, osos y jabalíes.

A pesar de nuestros destrozos, en los lugares donde la civilización ha fracasado, la naturaleza acaba finalmente triunfando, aunque lo trágico es que para ello nosotros tengamos que desaparecer de escena. Aún no hemos aprendido a coexistir con la naturaleza y eso es un problema para nosotros, no para la naturaleza. Al fin y al cabo, las plantas pueden vivir sin nosotros, pero nosotros no podemos vivir sin ellas.

¿A que nos enfrentamos? Hay efectos que ya estamos experimentando: este verano, hemos visto incendios forestales inextinguibles de sexta generación en California, Turquía y Málaga, olas de calor en Canadá y Groenlandia, inundaciones catastróficas en Alemania. Fenómenos meteorológicos extremos cada vez más habituales y virulentos que, según la Organización Mundial de Meteorología, se multiplican como consecuencia del calentamiento global. La crisis climática ha quintuplicado el número de episodios catastróficos y ha incrementado siete veces más los costes económicos generados, con un impacto diario medio de 202 millones de dólares en todo el mundo.

A corto plazo, los problemas económicos y sociales serán cada vez peores, el calentamiento global provocará escasez de agua y reducción de la producción agrícola, lo que además de un problema económico, supondrá presión sobre la gente para emigrar de los sitios más afectados y dificultades para acomodar a los emigrados en los lugares de destino, que pueden acabar provocando conflictos armados.

El increíble poder de la estupidez humana

Aunque de forma individual algunas personas podamos sentirnos más preocupados, como sociedad nos comportamos como si ya nos diera igual todo. Como si, habiendo vivido ya lo suficiente, hubiéramos decidido dirigimos todos de la mano, sonriendo y cantando durante la última puesta de sol, hacia el precipicio de nuestra inmolación colectiva.

Al final vamos a hacer buena la pesimista frase del filósofo Thomas Hobbes, quien en su obra Leviatán, ya avisaba en 1651 que «el hombre es un lobo para el hombre», en referencia a la capacidad humana para realizar las mayores barbaridades contra sus semejantes. Ninguna atrocidad podría ser mayor que propiciar tu propia extinción como especie.

«Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo», afirmaba Albert Einstein. Es posible que estemos empeñados en darle la razón y a veces parece que ni todo el potencial de la ciencia vaya a ser capaz de derrotar a la estupidez humana. Aunque hasta ahora la ciencia nos haya salvado de nuestra propia codicia y estupidez.

Con la suficiente presión de los ciudadanos y la necesaria iniciativa política, la ciencia puede volver a salvarnos. Ya lo ha hecho muchas veces, pero eso es tema para el siguiente artículo …