Reflexiones desde la ventana

Aletheica Odisea

LAURA CASADO PORRAS

Penélope acaricia el lomo de su leal compañero; Argos, el mejor e infatigable amigo del hombre que se transformó en suspiro, nunca la abandonará. Su soledad ha recobrado el timón del sentido gracias a la esperanza seca que late lenta en su corazón de hierro. Las gemas y dádivas superfluas de aquellos pretendientes sagaces no consiguen amortiguar el quebranto de la cruel letanía. Mira al horizonte que se dibuja utópico a través del sextante, los sentimientos no pueden ser medidos. El corazón estalla de dolor, no hay ciencia que demuestre tal sentencia, tal vez, la soledad y las desabridas lágrimas sean la única prueba evidente.

Abajo, en la estancia de las musas, la música suena por ditirambos y danzas las horas; Baco embriaga a los hermosos y malditos; las uvas crujen la maraña de irracionalidad mustia. Es posible que haya mañana, o tal vez no, pero sí hay un hoy. Siempre la misma melodía, sin acento ni esperanza. Por el marco crepuscular asoman los barcos que entran y salen a través de la bocana siguiendo una misteriosa rutina alimentada por la supervivencia y por la luz del viejo faro. Penélope reconoce en ellos la inercia de la entropía falaz del tiempo. Cuentan los marineros, entre penumbras de humo y vino añejo de galeón roto, que a ella se le borró la sonrisa ¡veinte años atrás! Hay tantas lágrimas vertidas que a Ítaca se le ha olvidado el mayor de los encantos, sonreír. La densidad marina y el catalejo del precipicio han demorado cualquier conato de alegría sobre su semblante. ¡Válgame Dios!, ¿se puede gastar una vida esperando?, o más bien, ¿se puede morir en vida naufragando?

El viento sopla sin contemplaciones y con frutal disidencia. Fustigando sus oídos con torpes melancolías. Penélope de trenza de seda no sabe qué esperar, si está esperando algo o, bien, si ya nada puede esperar. La única certeza es la desesperación; ésta requiebra hasta la última crepitad de sus huesos, y, lo que es peor, de sus sentidos, inertes ya de tanto auxilio.

Hay niños jugando a la rayuela con piedras de alivio; un gato perspicaz de piel de carey camina con sigilo por los cantos rodados de azul celeste. Una mariposa danza en el pentagrama sagrado de la lealtad, al compás de la verdad primigenia; puestos de artesanos ganándose el pan; un arlequín perdido busca la fuente de la luz para romper todas las cadenas. Un sol crepuscular comienza a despedirse de su dama de blanca palidez y de Penélope, de cuyos luceros emanan lágrimas de resignación. El paisaje es tan vivo como dramático, tan vibrante como desolador. El corazón hondea a media asta, la esperanza dormida habita el único recodo de su lacónico misterio.

Quizás Athenea, señora de la verdad, sepa como traerle a casa, a sus brazos de nuevo, a través del mar. Penélope musita embelesada por la carencia inusitada de los pasos no encontrados. La ilusión es el faro que alimenta a su ser. Ningún otro, ¡nunca jamás, en veinte años¡ Febril mirada atesorada en la ilusión de un martirio que canta mientras solloza. Amor y dolor; esperanza cautiva.

Un buen día, pronto, tal vez, el viento soplará a su favor. Será un día de eterno recuerdo y ascensión, Argos reconocerá la verdadera imagen de su familia, pero el recuerdo comienza a ser una dádiva frágil para Penélope. Ella, más tarde, rota en añicos, abrazará la idealización de un sentimiento, de una imagen, de un sendero, de un destino de espera y lealtad. Teje su manto mientras las lágrimas devoran con negligencia la sentencia falaz de un misterio: Penélope tejía, mas Penélope también deshacía.

En el palacio del deseo se oyen gritos de placer a todas horas. Cerdos gritando; zorros llorando; hombres gimiendo emborrachados de nostalgias, alienados de vacío. Ella, Circe, cansada de no conocer la saciedad se enfunda en unos elevados Louboutin y se pinta la sonrisa entreabierta de maga de rouge allure, sonríe sin ganas, con gula de no tener suficiente, de no tener medida ni virtud que le tiente. La bella Circe llena su copa de cristal de Bohemia de Bolgheri-Sassicaia, le sabe a gloria y a consuelo, después de engullir sin arrepentimiento todo su contenido, se transporta a algún lugar lejos del abismo en que se pudre lentamente.

Ayer pasó horas con un aguerrido caballero con el corazón fustigado de batallar y a falta de horas con mujer extraña. No era el prototipo de aquellos otros sementales que solían visitarla. Charlaron, rieron, se acariciaron, soñaron…terminaron volando hacia confines helénicos. Ella, insaciable, fingió que aquello le resultaba especial. Después, vinieron las uvas y los manjares del averno para apaciguar el movimiento del mañana; sed perpetúa que nunca cesa.

Su silueta reflejada en la vidriera estrellada devuelve el trigo de su cabellera y la raza fugaz de su colmada belleza. No hay hombre vivo que se resista a sus encantos. Agotada de sí misma suspira embelesada contemplando el gorgoteo sutil de la mañana. Piensa en su nueva hazaña, su nueva conquista, y en la que vendrá después. No tiene más propósito que alcanzar el éxtasis, una y otra vez; morir en él sin alcanzar verdad alguna. La red de la inercia devora sus pasos, y ella que bien lo sabe, no tiene fuerza para doblegar la dirección de sus deseos de temblor, ni de remover sus entrañas impías.

Camina errante por la habitación de esmeralda escuchando el sonido armónico del viejo harpa que despierta en ella un ímpetu voraz de poseerlo todo; nada le es ajeno, nada le es imposible; nada que no le pertenezca. Atrapada en el poder de su profecía, se ha acostumbrado a sangrar su alma con la espina primera que deambula en el invierno del jardín más ilícito; dimensión prolífica. Circe se llena del espíritu de la uva para intentar calmar su eterna sed aun sabiendo que nada podrá saciarla. Circe divina ¿te has enterado alguna vez de que el viento descifra su eterna melodía solo a los amantes de la verdad?

Athenea cuenta cada uno de los pasos; los dados, los fallados y hasta los pensados, nada escapa al azar. Espera el momento perfecto, a la ocasión más veraz del destino para apresar a la fiera indómita. Solo ella nos salvará. Bien lo sabes. Solo ella nos llevará de vuelta a nuestra patria; a nuestro corazón fustigado. Solo, a través de ella, obtendremos la victoria más relevante sobre nosotros mismos.

Gravitan su hechos entre la balanza de espinas y rosas. Por égida lleva al amor. No es tan cruel como dicen, solo lastima con su invencible fuerza al cobarde que engendra odio; al vanidoso que mimetiza y nada crea, solo envidia; al lúgubre fracaso de la inautenticidad de la yerma codicia. Lleva en sus ojos el brillo aletheico, en su alma, la justicia y la paz. Madre de las artes, matrona de la sophía prístina. Helena, ilusa, envejecerás tan rápidamente, más sophía acrecentará su reinado en virtud de la red una, de la gracia divina.

Los marineros están perdidos en el mar regado con sangre. Aturdidos, confundidos, escuchando cantos de sirenas y la vibración atómica del deseo. Athenea es lirio y salvación. Único ángel tutelar de Ulysses, rosa mística de castilla que deambula con Bloom y Dedalus entre pintas de cerveza negra y esperanzas a punto de parir. Athena no espera nada que no pueda ser. No maldice a ningún hombre que no tenga que ser maldecido. El triunfo es para aquellos que encuentran la salida del laberinto. Pregúntale a Ariadna, pregúntale a Teseo. Pregúntales cuando la Aurora, de «bello trono», despunte triunfante sobre la elipse de la vida.

La oración incesante del viaje a ninguna parte; el olivo victorioso; la causa y la necesidad, todos esperan escuchar el ritmo perfecto de la más bella de las dulces osadías.